En una hermosa mañana de primavera,
un ruiseñor se posó en el alfeizar de la ventana de su habitación.
“Vamos, Pilar, levántate de la
cama, prepárate, que tenemos que hacer un largo de viaje”.
“Un momento” — contesto Pilar.
“Dame un minuto más”, — continuó
diciendo.
“Tengo que asegurarme de que a mis
hijos no les falte nada; también quiero meter en la maleta algunas cosas, unos
recuerdos. No ocuparán mucho, no me llevará mucho tiempo” —pensaba en voz alta.
En primer lugar, meteré aquellos
años de mi infancia y juventud con mis hermanas y mi hermano, a mis padres, a
los que tanto quise, a mi pueblo, a mis jotas.
Esto lo guardaré en un ladito de la
maleta, en el fondo.
También recogeré el recuerdo que me
queda de la vida junto a mi marido; aunque fue poco tiempo, mi amor por él duró
hasta el final de mis días; mi etapa en Logroño; mi casa de Madrid y el
nacimiento de mis tres hijos, lo que más he querido en el mundo. Estos
recuerdos los doblaré con cuidado y los dejaré en el otro lado de la
maleta.
“Vamos, Pilar, que se hace tarde”,
—se empezaba a impacientar el ruiseñor.
“Por favor, ruiseñor, dame un rato
más que tengo toda la eternidad para llegar a mi nuevo destino” —replicó Pilar.
Me viene a la cabeza el recuerdo de
tanta gente que me quiso y yo quise tanto, a la que conocí en vida, a la que
ayudé y me ayudó tanto.
Estos recuerdos los dejaré encima, con cuidado, para que no arrugue los otros recuerdos.
El ruiseñor impaciente le habló del
exceso de recuerdos que había guardado y de que aún faltaba por meter su
gran corazón que, a pesar de que se le había salido del pecho en vida, todavía tenía
cabida y que cerrara ya la maleta, que el tiempo apremiaba, pero Pilar no
quería llevárselo. “Se lo dejaré a mis hijos para que me recuerden y lo
compartan con toda la gente de bien”. —le contestó.
“Vamos, ruiseñor, ya es la hora”, —le
dijo cogiendo la maleta. “Ya la tengo llena”, —sentenció.
Me despido, hijos, de vosotros y de
esta vida, de mi familia y de todos los que de alguna manera tuvieron relación conmigo.
Ya llegó mi hora.
Haced en vida hijos míos lo que
intenté hacer yo; lo correcto, sin mirar a quién. Sed buenos.