domingo, 30 de agosto de 2026

LAS PAREDES OYEN Y A VECES HABLAN (Microrrelato hasta 100 palabras)

 


VI edición del certamen de microrrelatos Pablo Aranda

Manuel era confidente de los nacionales durante la postguerra además de fanfarrón y charlatán, y se jactaba de ello. Su mujer insistía en que mantuviera la boca cerrada; las paredes oyen, le decía.

—Qué más da que oigan si no pueden contárselo a nadie—respondía.

Un día Manuel apareció degollado en el salón de la casa; detrás de él un gran boquete en la pared presidía la estancia.

La casa escondía un topo de la guerra civil, pero no lo sabía nadie. Ese día se hartó de las bravuconadas del chivato y decidió salir para ajustarle las cuentas.


domingo, 23 de agosto de 2026

EXAGERAN O QUIZÁ NO

 

Dicen que soy una persona quisquillosa; exageran, bueno, un poco quizá sí lo sea, también que soy un tiquismiquis, no estoy de acuerdo, aunque quizá un poco sí, pero si hay algo que no soporto es mancharme la ropa. Que me caiga una mancha, ya sea del aceite del mejillón en escabeche mientras estoy tomando un aperitivo, de la tinta de un chipirón o del excremento de una paloma o con cosas por el estilo, eso me saca de mis casillas, me pone de los nervios.

Solo concibo algo peor a lo narrado hasta ahora: los dichosos consejos que dan las personas que están conmigo en esas desagradables circunstancias para tratar de solucionar el problema: aplicar cerveza sobre la zona, limpiarla con vino blanco o dejarme los nudillos restregando con agua y jabón; hasta el agua oxigenada la incluyen en esa retahíla.

Nada de eso funciona, demostrado, todos dejan cercos y rodales, y paso malos ratos teniendo que llevar encima semejantes lamparones hasta que regreso a casa.

Soy de la opinión de que el remedio más eficaz para acabar con estos sofocos es disponer de unas tijeras de manicura en el bolsillo y con paciencia y esmero recortar el perímetro del churrete. Problema resuelto.

Cuando me ocurren estos incidentes, pienso en el creador de los vaqueros rotos. Estoy seguro de que no exagero si digo que es una persona tiquismiquis, como yo, o quizás un poco si lo sea. 

miércoles, 12 de agosto de 2026

LA CASITA DE JUGUETE


 

Habían pasado pocos días desde que celebró su décimo cumpleaños. Por petición expresa, sus papás le regalaron una casita de madera, aunque más bien parecía un edificio, muy parecido al que ellos ocupaban junto con unos pocos vecinos en la calle de la Fuente, en la ciudad.

—Pero tú te encargas de llenarlas de muebles y de muñecos —le había advertido su madre.

Una mañana, estando la niña jugando con la casita en su habitación, entró su madre y cayó en la cuenta de que estaban todas las estancias de la casita ocupadas menos la que teóricamente ocupaban ellos en la realidad. Se acercó para observar la casita más de cerca y observó que las estancias que estaban ocupadas, tenían rasgos y similitudes con gestos y objetos que en alguna ocasión había visto portar a los vecinos y eso le causó cierta sorpresa y curiosidad.

De repente notó cómo la rociaban con un líquido viscoso.

Cuando abrió los ojos, no daba crédito a lo que tenía enfrente. Era su marido junto a su hija. Estaba haciendo lo mismo que hacía ella tan solo unos minutos antes; era gigante, la observaba, pero ella no podía moverse. Además, había empequeñecido; se dio cuenta entonces, que ocupaba la estancia de la casita que aparecía vacía.

La niña, en un descuido de su padre, le roció con el líquido viscoso; seguidamente, cogió a su peluche en brazos, y mientras le acariciaba, se dirigió a su gato diciéndole al oído:

—Solo faltas tú, gatito, para que en la casita estéis todos.

 

miércoles, 5 de agosto de 2026

ASUNTO RESUELTO

 


Que su matrimonio no iba del todo bien no era un secreto para nadie. Tan pronto se les veía paseando en el parque acaramelados o cogidos de la mano como discutiendo a voz en grito frente a las puertas del centro comercial.

Hacía bastante que había descubierto que su marido tenía escarceos amorosos con una compañera de trabajo. Tras una fuerte discusión con este asunto de fondo, él la levantó la mano.

—Eso que acabas de hacer lo lamentarás —le dijo.

A última hora de una tarde de invierno, ya anochecido, ella invitó a su marido a que observara un ruido extraño que provenía de la parte delantera del vehículo.

—Dale al contacto —la ordenó mientras sujetaba el capó con el gancho.

Al cabo de un rato, ya no había ruido, pero al salir del vehículo observó un objeto brillante clavado en la goma de uno de los neumáticos delanteros. Con sumo cuidado lo extrajo, comprobando con asombro que se trataba del alfiler de corbata que llevaba su marido prendido esa mañana al salir de casa.

—Tengo que tener más cuidado con estas cosas si no quiero tener problemas —se dijo a sí misma con frialdad.


sábado, 1 de agosto de 2026

EL VASO DE VINO


 —Que el tiempo miente resulta obvio —sentenciaba vaso en mano, mientras sus contertulios observaban con atención el vaivén del vino, a medio camino entre un moderado oleaje y un minúsculo tsunami, a medida que agitaba el brazo acompañando su veredicto.

—Con permiso de ustedes, mis queridos amigos, trataré de argumentar esta opinión con hechos —proseguía con la charla sin soltar el vaso y sin haber probado aún su contenido.

—De pequeños queríamos crecer, hacernos mayores, barruntábamos expectativas, teníamos sueños que a la postre en muy pocos casos se cumplirían.

—Recuerdo —continuó argumentando —que siendo todavía unos críos y nos tocaba vestir de corto, queríamos ponernos pantalones largos, o cuando éramos imberbes, nos afeitábamos a escondidas para tener cuatro pelos encima de los labios. O esos pitillos que fumábamos imitando a nuestros padres entre arcadas y toses, o aquella época de juventud en que queríamos cambiar el mundo, irnos de casa y protestar por todo, ¿en qué ha quedado?

—Sí —siguió con la explicación —mis queridos amigos, hemos querido vivir más deprisa que el tiempo de cada momento. El tiempo siempre nos ha mentido y ahora que somos mayores, llenos de achaques, arrugas y lagunas en la memoria, ahora que nos gustaría que siguiera mintiéndonos, nos dice la única verdad que no queremos escuchar cuando nos miramos en el espejo todas las mañanas.

jueves, 23 de julio de 2026

INQUIETANTE


 

Una vez dentro de la cabina telefónica, cerró la puerta tras de sí, sacó unas monedas y las fue introduciendo en la ranura; acto seguido descolgó el auricular y marcó uno a uno los nueve números; después de varias señales de llamada, sintió como descolgaban el auricular al otro lado y comenzó a hablar.

—Hola mamá, ¿Cómo estás?

Le fue contando todo lo que hizó desde que se levantó esa mañana, lo que comió, dónde estuvo, a quién saludó y a quién no.

Se gastó todas las monedas que tenía, entonces se despidió angustiado. Colgó el auricular de nuevo y salió de la cabina con lágrimas en los ojos.

Se perdió entre los transeúntes calle abajo en dirección a su casa.

Su madre hacía seis meses que había fallecido, pero él la seguía llamando todos los días.

Tres semanas más tarde comenzaron a retirar de las calles las cabinas telefónicas.

sábado, 18 de julio de 2026

LA SOPA


 

XVII EDICIÓN DEL PREMIO DE MICRORRELATOS DE LA RED

DE BIBLIOTECAS PÚBLICAS MUNICIPALES DEL AYUNTAMIENTO DE MADRID


Le pareció oír el sonido del timbre de la puerta de la casa. Avanzó torpemente hasta llegar a ella. Preguntó varias veces quién era, pero no obtuvo respuestas.

Entonces se asomó a la mirilla, con dificultad distinguió a una niña, se parecía a ella cuando era pequeña.

Mientras espera a que abran la puerta, la niña está en el pasillo dibujando piruetas en el aire como si saltara a la goma, risueña, con sus pecas y sus coletas, llena de energía y repleta de sueños.

Abrió la puerta, pero no habia nadie.

En la cocina, la olla no espera y la envía un aviso. La sopa ya está lista. Hoy también cenara sola.

¿Dónde se quedaron aquellos sueños que soñaba de pequeña? se pregunta a menudo la pobre mujer mientras deja que la sopa enfrié un poco.