Sale más
barato volver a querernos que mudarse. Para comprobarlo, decidimos hacer una
lista de argumentos; cada uno de ellos llevaría la inicial de quien lo sugería.
Empecé con
un clásico, el tubo de la pasta de dientes; seguimos con el bote de champú, la
orientación del papel higiénico, la ventana abierta por las noches, el famoso “no
me grites que estoy aquí” y así hasta un sinfín de motivos.
Llegó el
momento en que no se nos ocurrían más; entonces aceptamos el resultado de común
acuerdo; no fue el ideal, pero quizás sí el esperado. Yo me quedaría la casa, y
ellas, mis circunstancias, me dejarían solo.






