Ensambló la
pieza que faltaba, tiró con fuerza de uno de los extremos, aplanó la base como
pudo, hizo un par de dobleces más y dio por terminado el montaje. Lo introdujo con
cuidado en el agua.
Repitió de
carrerilla los cuatro lados del barco ayudándose de los dedos: proa, popa,
estribor y babor; a continuación, metió el pie derecho ayudándose con una mano mientras
la otra permanecía sujeta a uno de los asideros, instalados precisamente para
esos menesteres; luego hizo lo mismo con el pie izquierdo.
Una vez
dentro, se ajustó la gorra de capitán, la que le tocó hace años en unas ferias
y a la que le tenía mucho cariño, y con voz firme lanzó la orden de soltar los
cabos, orden que obedeció él mismo.
Seguidamente,
se tumbó todo lo largo que era, dejando que la espuma de las sales de baño y
las pompas de jabón le cubrieran desde la cabeza hasta los pies, mientras el
barquito comenzó a sortear las olas que iba fabricando con las palmas de sus
manos.
Al otro
lado, en el pasillo, sus seres queridos se desgañitaban pronunciando su nombre
mientras intentaban derribar la puerta del baño.
Él estaba
feliz porque por una vez en su vida había conseguido llegar a mar abierto.




