Le
pregunto con amabilidad cuánto me costará la cena. No recibo respuesta, ni
siquiera me hace caso. No se cómo ha averiguado que no tengo dinero y eso que me
he puesto la mejor ropa que llevaba en la bolsa. Un pantalón sucio, una camisa
arrugada y una rebeca con dos agujeros, uno en cada codo. Me invita a salir del
local con una mirada severa y peores modales. Deambulo por la calle. Me meto en
unos aseos a ver si se me pasa el frío. Me cierro con el pestillo. En un ataque
de ira saco un bolígrafo y escribo en la puerta:
—¡Tengo
Hambre!






