martes, 3 de febrero de 2026

COSAS DE PALACIO (Microrrelato hasta 100 palabras)


 CONCURSO RELATOS EN CADENA

Ya está aquí otra vez la corriente de aire. El honorable Atilios, hijo de Lord Rutland, se reía con desprecio de su tía Emilita.

Era la hora del té y se encontraba con sus hermanos, los honorables Edward y Charles, en el salón de los espejos mientras los criados servían las tazas de porcelana importadas de la China.

Lady Emilia, anterior propietaria del palacio, murió meses atrás en extrañas circunstancias. Desde entonces la han visto vagar por sus solitarios pasillos.

Habrá perdido la sábana de agujeros negros y no la encuentra, comentaban entre risas.

Al día siguiente, el honorable Atilios amaneció colgado con la sábana de los ojos negros.


jueves, 29 de enero de 2026

DIEZ PELDAÑOS


Todas las mañanas, nada más abrir los ojos, repetía los mismos movimientos.

En primer lugar, se estiraba hasta casi hacerse daño; disfrutaba con ello. Un poco más tarde y ya con los pies en el suelo, se dirigía sin perder tiempo a la escalera. La casa tenía dos plantas; en la de arriba se hallaban los dormitorios. En uno de ellos estaba su cama. En ese corto trayecto repetía una y otra vez y entre susurros las mismas coletillas: de hoy no pasa y hoy es el día.

Llevaba tiempo queriendo bajar las escaleras él solo, sin ayuda de nada ni de nadie; además quería bajarlas de dos en dos, como veía hacerlo en la televisión, en los programas de niños. Para conseguir ese reto, sabía que tenía que ir poco a poco y aprender primero a hacerlo de uno en uno y con cuidado.

En tercer lugar, y una vez que se encontraba en el borde de la escalera, contaba los peldaños que separaban el miedo del éxito. Diez eran los escalones que había en esa escalera, y los contaba varias veces cada mañana. Ese día los contó hasta tres veces.

Sabía que hoy iba a ser distinto, tenía que superar sus temores y salir airoso, y decidió que sería el día elegido; estaba convencido.

Cerró los ojos y se dispuso a dar el primer paso, pero de repente comprendió que debían estar abiertos; quería mirar de cara al miedo y, sobre todo, y lo más importante, quería estar seguro de no caerse.

Comenzó el descenso, corto en metros, pero largo, muy largo en emociones.

Dio un primer paso, despacito, luego otro; estaba nervioso, tiritaba de miedo, un pasito, un escalón, luego otro; consiguió superar el escalón tercero. Bajaba por el lado de la pared, por precaución; en el otro lado, el del pasamanos, veía a través de los barrotes el suelo, y le parecía que estaba tan lejos que le empezó a entrar vértigo, por eso se cambió de lado. Otro pasito más, otro escalón menos. En este momento solo le quedaban cuatro escalones para finalizar semejante tortura. En ese momento decidió parar un momento y se sentó en la huella del sexto escalón.

Pasados unos segundos, se reincorporó y con mucho esfuerzo superó otro escalón más; ahora solo le quedaban tres. Un último esfuerzo, se decía a sí mismo en voz baja, y dejó atrás el escalón número ocho, pero cuando iba a enfrentarse al penúltimo peldaño, una pequeña distracción, un descuido, quizá un exceso de confianza, hizo que se le trastabillaran los tobillos y se tropezó, cayéndose y dando un par de vueltas, y rodando acabo en el rellano de la planta baja. Sintió molestias, pero comprobó que no tenía nada roto y se incorporó de nuevo.

Por muy poco no lo había conseguido, pero a pesar de ello se mostraba contento; entonces tomó la mejor decisión que pudo tomar en esos momentos. Lejos de desistir, decidió intentarlo de nuevo. Subió las escaleras y las bajó otra vez, ahora con menos dificultad que la vez anterior, y repitió el recorrido al menos otras tres veces más, y se dio cuenta de que esa decisión que había tomado le había producido una sensación difícil de describir, y en ese mismo momento descubrió que se había hecho mayor sin darse cuenta. Había dejado de ser un cachorro y se había convertido en un perro adulto.

jueves, 22 de enero de 2026

ASAR A BAJA TEMPERATURA (Microrrelato hasta 100 palabras)


 CONCURSO RELATOS EN CADENA


Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado; también añoro hacer amigos a partir de los treinta. Ambos recuerdos lejanos coincidieron en el tiempo.

El último amigo que hice, lo encontré perdido por los alrededores de la casa. Después de explicarle cómo volver al sendero, le invité a tomar un refresco. Le enseñé mis discos de vinilo y mis aparejos de pesca momentos antes de que se desvaneciera.

Al volver en sí, tenía embadurnado todo el cuerpo con el majado del ajo y perejil.

Una vez en el horno, caí en la cuenta de que había olvidado ponerle un limón en la boca.


miércoles, 14 de enero de 2026

EL QUE SIEMBRA, RECOGE LO QUE SIEMBRA (Microrrelato hasta 100 palabras)

 


CONCURSO RELATOS EN CADENA

Comenzó a morderme como, si me reconociera. Había pasado tiempo desde la última vez que le vi. Llovía aquel día, el cielo estaba oscuro. La solitaria carretera no llevaba a ninguna parte. El auto permanecía con las luces encendidas y el motor en marcha sobre la calzada cubierta de barro. En mitad del campo, un solitario poste pedía a gritos que lo dejara atado mientras los niños hacían de espectadores silenciosos, dando un aspecto desolador a la escena. 

Al cabo de un tiempo regresé con los críos ya crecidos. Solo quedaba el poste de madera. Junto a él me abandonaron la última vez que los vi.


miércoles, 7 de enero de 2026

ODONTOLOGÍA NOCTURNA (Microrrelato hasta 100 palabras)


 CONCURSO RELATOS EN CADENA

Por si una noche decide devolvernos lo que se llevó, decidí tomar medidas para impedírselo. Conecto la alarma y me aseguro de que las puertas y ventanas están completamente cerradas cuando nos acostamos; también pongo trampas por toda la casa.

Al principio resultaba divertido; dejaba unas monedas debajo de la almohada y nuestros hijos se mantenían ilusionados. Eso duró mientras eran pequeños; sin embargo, la otra mañana encontré una nota sobre la almohada donde nos informaba que no necesitaba más dientes de leche, ahora quería dientes de adultos, son más demandados y baratos, aclaraba la nota y tenemos miedo.

Además de perder la ilusión cada vez nos van quedando menos.


lunes, 29 de diciembre de 2025

SI SE CUENTA NO ES SECRETO (Microrrelato hasta 100 palabras)



CONCURSO RELATOS EN CADENA
 

Supongo que algunos hábitos se heredan sin querer. Estas palabras fueron escritas por su tatarabuelo en la nota que asomaba por una de las tapas del libro “Introducción a la taxidermia”.

Pensaba regalárselo a su hija cuando alcanzara la mayoría de edad.

El día señalado, notó un sabor extraño al saborear entre sorbos de cava un trozo de la tarta que sujetaba las velas momentos antes. Al caer al suelo echando espuma por la boca tuvo tiempo de arrepentirse de haber revelado a su hija el secreto de familia.

Al día siguiente, su hija colocó el libro en la estantería, mientras se ponía una bata blanca.


lunes, 22 de diciembre de 2025

EL LISTÍN TELEFÓNICO (CUENTO DE NAVIDAD)


 

 

Quedaba poco para la Navidad. A estas alturas del año, Atilios Riguel tenía por costumbre ponerse en contacto con sus amigos, los que le iban quedando, claro. Quería tener noticias de ellos, saber si se encontraban bien o si habían sido abuelos y otras cosas por el estilo.

En general, eran llamadas que no duraban mucho tiempo. Solían ser breves, unas veces por las propias dificultades auditivas de la edad, otras porque no les localizaba en casa o, en el peor de los casos, porque habían dejado este mundo y pasado a mejor vida.

Con el paso de los años había conseguido confeccionar una pequeña lista con los contactos de cada uno de ellos. Este año había demorado un poco esa tarea porque no encontraba la lista, no recordaba el lugar exacto donde la había guardado desde la última vez que la consultó.

Atilios era un desastre en todo lo relacionado con el orden de las cosas y de la casa, sobre todo desde el momento en que se quedó viudo. Además, coincidió ese momento con una etapa en que comenzaba a olvidársele algunas cosas, cada vez con más frecuencia. Eso al principio no le preocupaba, pero, aunque ahora no lo reconocía públicamente, sí pensaba en ello a menudo.

Buscó por todos los rincones de la casa y cuando estaba a punto de desistir y dejarlo, tuvo una ocurrencia: mirar en los cajones del armario de la entrada.

Efectivamente, ¡ahí estaba la lista!, junto a la agenda que usó su madre durante muchos años para apuntar los teléfonos.

Le vino a la memoria aquél recuerdo de que cada vez que su madre tenía que escribir algo en ella, recurría a él. Decía: “Atilios, acércame un bolígrafo para anotar un número, pero dame uno que pinte” y seguía con la retahíla: “Parece mentira que siempre que necesito escribir algo, no hay en casa un solo lapicero que escriba”. Otras veces le pedía que fuera el propio Atilios quien escribiera y entonces le dictaba los números. “Apunta, Atilios”, le decía, “cuatro, siete, ocho…” y cuando terminaba de dictarle los siete números, Atilios tenía que repetírselos a su madre para comprobar que no se había equivocado al anotarlos.

La agenda estaba muy vieja y deshilachada; las gruesas pastas de escay con letras y adornos dorados habían desaparecido. Las pestañas separadoras estaban arrugadas y dobladas y la mayoría rotas. Faltaban muchas letras. En cambio, era curioso que algunas de las letras cuyo uso estaba suprimido en la actualidad se conservaran intactas, como era el caso de la “ch” o la doble ele.

Al ojear la agenda, una pequeña sonrisa se le dibujó en la cara al comprobar el particular criterio que utilizaba su madre para anotar las referencias de sus amistades y contactos en el cuadernillo; por ejemplo, a sus hermanas las tenía apuntadas todas en la “H” de hermanas y no en la inicial del nombre de cada una, o al carnicero, en lugar de anotarlo en la “C”, lo anotaba con inicial de su nombre; lo mismo pasaba con el panadero, el del ultramarinos o la señora Vicenta, una señora viuda que regentaba la droguería, y así con todos.

Esa agenda dejó de usarse hace mucho tiempo, desde el mismo momento que murió su madre, pero Atilios se resistió a desprenderse de ella; le traía muchos y buenos recuerdos.

Cuando hubo terminado de ojear la agenda, la volvió a guardar en el cajón y acto seguido se sonó la nariz con un pañuelo, emocionado. Cuánto echaba de menos a su madre, se dijo para sí.

Una vez recuperada la lista de amigos se acomodó en el sillón del salón. Un desgastado árbol de Navidad le alumbraba la cara a ratos al ritmo de la intermitencia de las luces y enfrente, un pequeño misterio compuesto de cinco figuras y un pesebre le recordaba en que época del año estaba.

Justo en ese preciso momento sonó su móvil. Era una llamada entrante. uno de sus viejos amigos de la lista. Le llamaba para informarle que se habían reunido unos cuantos amigos y conocidos y le estaban esperando en un local cercano para cenar esa noche. Habían decidido ser ellos los primeros en estar a su lado para desearle unas felices fiestas en persona y que no estuviera solo en estas fechas tan señaladas.

Atilios estaba contento; antes de acudir a la reunión, dejó la lista en el cajón del mueble de la entrada y, antes de cerrarlo, acarició de nuevo las gruesas pastas de escay con letras y adornos dorados de la agenda telefónica de su madre.