domingo, 12 de julio de 2026

ATILIA


CONCURSO 5 NOCHES 5 VILLAS
MODALIDAD RELATOS + 30 AÑOS

 Atilia Valdelafuen enviudó al poco tiempo de pasar de trabajadora en activo a pensionista. Fue por aquella época cuando decidió abandonar las incomodidades, el ajetreo y la anarquía de la ciudad para abrazar la tranquilidad, la paz y el sosiego que le ofrecía el pueblo que la vio nacer, un pueblo pequeño que no llegaba al millar de habitantes, encantador y animado en determinadas épocas del año.

Enseguida comprobó que esa decisión fue acertada. Habían transcurrido cuatro años desde que tomó la aquella decisión. Se había adaptado perfectamente a su nueva vida y a su nuevo entorno.

Ocupaba la casa que le habían dejado en herencia sus abuelos, situada en la parte vieja del pueblo, cerca de la fuente de piedra y al lado de una de las orillas del río. Un poco más allá, en una plaza peraltada, se encontraba la iglesia con su majestuosa torre del siglo XIV y a su lado el ayuntamiento.

La casa era antigua, construida con grandes sillares de piedra. El inmueble constaba de tres alturas. La fachada de la casa hacía esquina a dos calles y enseñaba varias ventanas al exterior. En su primer piso, un majestuoso balcón corrido con barandillas de hierro forjado presidia la fachada. La puerta de la casa se abría a una calle que conducía a la calle Mayor hacia la izquierda y a su derecha directamente a la vieja fuente y al puente sobre el río por su parte norte; en la otra dirección hacia el sur llevaba al antiguo lavadero y a las escuelas del municipio.

Atilia era una mujer corriente, reservada y poco habladora. Cuando quería decir algo, tiraba de ironía y sarcasmo. Le gustaban las cosas sencillas como el olor del pan recién horneado, un buen plato de borrajas y observar las estrellas en las noches despejadas de otoño y primavera. También le gustaba el orden, las cosas bien hechas y cumplir con la palabra dada. Era sibarita con el vino, servido en copa de cristal, por supuesto.

Vestía de manera correcta; no le gustaban las estridencias en el vestuario. No usaba ni cadenas ni sortijas; tan solo dos anillos lucían en el dedo índice de su mano derecha: las alianzas de su matrimonio. Tampoco le gustaba usar reloj en la muñeca. Cuando abandonó la ciudad, una de las primeras cosas que hizo al llevar al pueblo fue quitárselo y dejarlo guardado en el cajón de la mesilla de noche.

En general, era una persona ordenada y meticulosa, sobre todo en algunos aspectos y con determinadas cosas. Solía decir que cada cosa tenía su sitio y cada sitio estaba reservado para una cosa determinada.

Estaba obsesionada con tener determinados objetos siempre a mano, aunque no los utilizara a menudo. Podrían pasar desapercibidos a simple vista, pero siempre resultaban muy útiles en determinados momentos; por ejemplo, nunca le faltaban cajas de cerillas. Cuando encendía la cocinilla de gas o para calentar el cazo de la leche en los desayunos o la chimenea de leña los días de mucho frío siempre las necesitaba y debía tenerlas a mano.

Otra de los objetos que abundaban, aunque estuvieran escondidos o lejos del alcance de la vista eran las velas. En el cajón de los cubiertos siempre se podían encontrar varios trozos; cabos de vela los llamaban por estos lares. En las casas antiguas nunca se sabe cuándo podían hacer falta. Había velas por todos los rincones.

Otras de las cosas que podías encontrar en cualquier lugar insospechado eran paquetes de pilas, de todos los tamaños, en cualquier habitación de la casa, por muy recóndita que pudiera parecer; Atilia escuchaba la radio a todas horas y no soportaba que se le apagara la radio porque se le gastaran las baterías y no poder escúchala por no tener otras de repuesto a mano. Además, en estos pueblos pequeños a veces era difícil encontrar abierta la única tienda donde se podían encontrar este tipo de artículos.

También podías encontrarte en cualquier cajón o dentro de cualquier vasija, de esas que se ponen de adorno en los centros de las mesas, cintas métricas que, como decía su abuela, siempre venía bien tener a mano estos chismes. Junto a estas cintas también podías encontrar lapiceros sin punta o bolígrafos que no pintaran por tener seca la tinta.

Atilia adoraba tener la fuente vieja cerca de casa. Iba a menudo a llenar las botellas de agua. Bajaba las escaleras que accedían a ella con cuidado, siempre estaban mojados los peldaños debido al rastro que dejaba la gente al llenar de agua los cantaros de barro o las damajuanas de cristal. Cuando era joven Atilia bajaba los peldaños de dos en dos, pero eran otros tiempos y otras edades.

La fuente tenía cinco caños; Atilia siempre utilizaba el caño que estaba más a la izquierda de todos, manías de cuando era joven, decía.

Por las noches, cuando reinaba el silencio en las calles de la villa, Atilia escuchaba el ruido que producía el agua al correr por los caños. Ese sonido le relajaba cuando no lograba conciliar el sueño.

Atilia era muy inquieta; en la ciudad no paraba ni un solo momento. Rehusaba utilizar el coche, prefería andar o coger el transporte público para desplazarse al trabajo para realizar todo tipo de gestiones o cuando decidía ir al cine o de bares; ahora que se había hecho mayor, había reducido su actividad física, tan solo se limitaba a dar largos paseos.

Todas las mañanas Atilia salía temprano de casa, generalmente en ayunas, y comenzaba a caminar, siempre en la misma dirección, el mismo recorrido.

Llegaba hasta el río y seguía la orilla, en dirección contraria a la corriente, cruzaba la rambla y se adentraba en un paseo precioso de árboles bananos de sombra, y bajo sus copas repletas de hojas en verano y pelados y famélicos en invierno llegaba a la altura del cementerio.

Cruzaba el río y ya en la otra orilla se encaminaba a través de un enjuto sendero, rodeado de campos de cultivo, hacia los restos de un antiguo yacimiento romano. Llegado a este punto, paraba para descansar y recuperar el resuello; aprovechaba entonces para refrescarse y contemplar las hermosas vistas que le proporcionaban los campos sembrados de trigo o de cebada, el vuelo suspendido de las aves con sus hermosas alas extendidas o el tranquilo discurrir del caudal del río. Una vez que recuperaba el aliento, Atilia emprendía el camino de vuelta.

En una ocasión, al volver de su paseo diario, se le ocurrió entrar en uno de los pocos bares que quedaban abiertos en el pueblo a tomarse un café y leer el diario con las ultimas noticias de la provincia.

Al cabo de un rato, mientras ojeaba el periódico, se le acercó Cecilio, un vecino; después de saludarse cortésmente, comenzaron a charlar. Estuvieron largo rato hablando de cosas superficiales, sin trascendencia; se interesaron cada uno por la vida del otro, pero de manera un tanto fría; se preguntaron cada uno por la salud del otro, hablaron del tiempo, del régimen de lluvias y de los turnos de riego de los campos de cultivo.

Atilia de los asuntos del campo no aportaba nada a la conversación, pues eran temas de los que apenas tenía conocimiento. Cecilio era labrador y de esos asuntos sabía mucho y, de hecho, se pasó largo rato hablando, gesticulando, dibujando gráficos con los dedos y midiendo extensiones de campos y huertos en la palma de la mano.

En un momento dado y cuando parecía que decaía la conversación, Cecilio cambió el sentido de la conversación y, mirando a los ojos de Atilia, le hizo una pregunta que la dejó triste, pensativa y sin palabras en la respuesta.

“Atilia ¿tú aquí, en el pueblo, eres feliz?

Atilia no contestó, no supo que contestar, se quedó sorprendida y boquiabierta, y miró para otro lado. Se le cambió el semblante. Se puso seria. Sacó unas monedas del monedero, invitó a Cecilio al café, se disculpó amablemente y abandonó el local.

Habían pasado varios días desde aquella conversación con Cecilio. Pero Atilia no había olvidado esa pregunta y tampoco que tarde o temprano tendría que responderla, pero eso sería en otra ocasión, pensó.

Una preciosa mañana de febrero, Atilia, en su paseo diario, cuando estaba a punto de tomar el sendero que le llevaba a las ruinas romanas, se encontró con una perrita que le salió al paso. Era pequeña, tenía el pelaje de color castaño con algunos mechones de color blanco. Iba con la cabeza alta y la lengua fuera. Su cola empezó a moverse sin parar en cuanto la vio. Tenía buen aspecto y parecía dócil y cariñosa. Alrededor del cuello lucía un collar, pero no figuraba ningún dato de interés, ni nombre ni identificación ni tampoco número de contacto en caso de pérdida o extravío.

Atilia le pasó la mano por el cuello, le acarició la espalda, le dio de beber agua y de comer unas nueces peladas que llevaba en la mochila y continuó su paseo. La perrita comenzó a seguirla; esta, a su vez, se volvía de vez en cuando para asegurarse que no venía detrás, pero fue inútil, la perrita iba tras los pasos de Atilia, no sin cierta dificultad.

Pasaron varios minutos y unos cientos de metros cuando Atilia decidió hacer otro alto, aunque no lo tenía previsto. Se sentó en una piedra que había en uno de los espaldones del camino y, mirando fijamente a su nueva compañera de paseo, le intentó explicar de manera sencilla el tipo de vida que ella llevaba y los motivos por los que debía dejar de seguirla: teorías sobre por qué no podía encargarse de ella, su desconocimiento sobre alimentación, limpieza y cuidado de animales y cosas por el estilo.

Estuvo repitiendo lo mismo varias veces más, y cuando creía que la había convencido, le dio otras pocas nueces, echó agua en la palma de su mano, se la dio a beber, cerró la cantimplora y emprendió el camino de nuevo despidiéndose de la perrita. Esta se quedó triste, observando cómo se alejaba la que podía haber sido una nueva amiga.

Cuando estaba a punto de llegar a la puerta de casa, ya con las llaves en la mano haciendo ademán de abrir la puerta, no podía dar crédito a lo que estaba viendo, a lo lejos, a la altura del puente, una silueta que le resultaba familiar, caminaba hacia ella. Era la perrita que se había encontrado en el camino; la había estado siguiendo hasta casa.

Habían pasado dos semanas desde el día en que Atilia se topó con la perrita en el camino. La perrita estaba viviendo con ella. Le había habilitado un rincón en una de las estancias de la parte baja de la casa. Un pequeño colchón metido en un cesto, que parecía hecho a medida, un muñeco de trapo que encontró Atilia en uno de los armarios y dos pequeños platos, uno para agua y otro para la comida, completaban los dominios de la perrita.

Entretanto, Atilia le había hecho dos fotos a la perrita y había encargado fotocopias y las había publicitado por todos los rincones del pueblo, farolas, señales de tráfico, en el bar donde tomo café con Cecilio, en el tablón de anuncios del Ayuntamiento y en la única tienda del pueblo donde vendían de todo y podías encontrar de todo, anunciando y avisando que había encontrado una perrita, facilitando un teléfono de contacto, el suyo, para recuperarla.

Nadie hasta ese momento había reclamado a la perrita. Atilia tomó entonces dos decisiones relacionadas con el animal: buscarle un nombre y visitar a un veterinario para que le hicieran una revisión completa, no necesariamente por ese orden.

Estuvo buscando con ahínco algún veterinario de la zona, para concertar una cita, pero fue su vecino, Cecilio, quien le facilitó las cosas. La hija de unos conocidos ejercía precisamente de veterinaria, en una comarca contigua a la que pertenecía el pueblo donde estaban viviendo.

Cecilio se ofreció incluso a acompañarlas a la visita, a lo que accedió Atilia, no sin antes haber evaluado las posibles consecuencias de esa decisión.

El día de la consulta, madrugaron para estar a la hora señalada en la cita; Cecilio conducía su ranchera con cierta despreocupación; Atilia lo observaba con el rabillo del ojo. La música de la radio sonaba suave. De repente, Atilia se volvió hacia el conductor dándole un susto.

“Se llamará Lola” — Gritó

“¿Quién? —preguntó Cecilio

“La perrita”—respondió Atilia, y continuaron el camino en silencio.

A Atilia se la veía contenta cada día que transcurría al lado de Lola. En las noches de verano, Lola sacaba unas sillas a la puerta de casa, a tomar la fresca y a contemplar lo hermosa que estaba la noche repleta de estrellas, y le explicaba a Lola las constelaciones, la Osa mayor, la Osa menor, Orión; le señalaba la estrella polar y otras muchas maravillas del universo. Lola no entendía nada de lo que le hablaba su ama, pero le prestaba toda la atención de que era capaz, y se encontraba muy a gusto.

Atilia, todo lo hacía con la perrita: pasear, cocinar, leer, descansar, pero una tarde pasó algo que le cambiaría el semblante y la dejaría muy triste.

Esa tarde llamaron a la puerta de casa, y tanto Lola como Atilia se dirigieron a la entrada, descorriendo el pestillo para saber quién llamaba a esas horas.

Era un hombre con aspecto de hortelano. Lola enseguida comenzó a mover la colita en señal de alegría y de reconocimiento. Se abalanzó hacia él y el buen hombre la abrazó y le hizo carantoñas, y le rascó la espalda un rato largo. Atilia no daba crédito; ya se barruntó en ese momento lo que iba a ocurrir en la mismísima puerta de casa.

Resulta que el buen señor, era el dueño de Lola, al que se le extravió. En la época en queq Atilia se encontró con Lola en el campo, el dueño de Lola se puso muy enfermo, tuvieron que operarle y estuvo hospitalizado bastante tiempo, y como vivía solo, seguramente la perrita se hubo desorientado.

El buen señor, siguió dando todo tipo de explicaciones y motivos, pero por más datos y motivos que relataba, Atilia hacía tiempo que había desconectado; no le interesaban las explicaciones, ya sabía cómo acabaría la historia. Al cabo de una hora, el buen hombre abandonó la casa de Atilia con Lola en sus brazos.

Atilia pasó unas semanas disgustada sin salir de casa más que para lo estrictamente necesario; no quería ver a nadie y que nadie la viera, apenas se aseaba, malcomía, pasaba varios días sin vestirse, no le apetecía pasear, ni bajar a la fuente, ni tomar café con Cecilio, ni leer la prensa ni escuchar la radio.

Habían transcurrido dos meses desde que se fue Lola. Una tarde que Atilia estaba adormilada en el sofá del comedor, sin ganas de nada, como venía siendo costumbre ultimamente, alguien hizo sonar la aldaba de la puerta. Atilia no hizo intención de levantarse. Volvieron a golpear la aldaba contra la puerta, esta vez los golpes eran más fuertes. Y una tercera vez se oyó la aldaba golpear la puerta; decidió entonces acercarse a la puerta arrastrando los pies sin ganas, todo por saber quién llamaba con tanta insistencia.

Descorrió el pestillo, giró la llave y abrió la puerta. El reflejo de la luz le molestó tanto los ojos que tuvo que cerrarlos instintivamente, con lo que no pudo distinguir en un primer momento quien le estaba tapando la puerta. Cuando pudo adaptarse a la luz de la tarde, no podía dar crédito a lo que estaba viendo. Era la persona que dos meses atrás se llevó a su perrita querida. Sin tiempo para reaccionar, Lola se la echó encima, lamiéndoles las mejillas, la nariz, la boca y moviendo la cola como una loca. Nicasio, así se llamaba el dueño de Lola, llevaba en sus brazos un cachorro. Atilia les invitó a pasar y Nicasio pudo dejar en el suelo al cachorro, que rápidamente comenzó a gatear, con dificultad, y a husmear cuántos pequeños objetos le rodeaban y se encontraba a su paso.

Resulta que Lola había sido madre hacia poco y había parido varios cachorros. Nicasio decidió entonces que, como se llevó a Lola aquel día de una manera tan repentina de casa de Atilia, y observar que esta se quedaba tan desolada, le quería ofrecer la posibilidad de que se quedara con uno de los cachorros, también hembra como Lola. Atilia aceptó sin dudarlo.

La vida de Atilia cambió desde ese mismo momento. Volvió a salir de casa, siempre acompañada de su cachorro, al que llamó Lolita, a sonreír, a estar alegre, a cuidarse. Retomó los paseos. En las tardes de primavera salía con Lolita a tomar la fresca a la puerta de casa. Le mostró a Lolita las noches estrelladas y el nombre de las constelaciones; esta, al igual que ocurría con su madre, no parecía comprender nada, pero ponía mucha atención, igual que hacía su madre cuando la hablaba Atilia

Habían pasado semanas desde que Lolita formaba parte de la nueva vida de Atilia, cuando una mañana se personó en casa de Cecilio, el vecino.

—Hola, Cecilio, ¿me invitas a entrar y a tomar un café? —Le soltó sin darle tiempo a respirar.

Echándose a un lado, la dejó pasar.

—Tengo la cafetera en el fuego. —le contestó Cecilio “Mientras tanto, ¿Qué puedo hacer por ti, vecina? —prosiguió.

Atilia estuvo hablando con Cecilio largo rato. En primer lugar, se disculpó por no haberle dado respuesta a aquella pregunta que le hizo tiempo atrás, sobre su felicidad. Seguidamente le dio las gracias por acompañarla con su coche a la consulta del veterinario. Cuando estaba a punto de tomarse el café, dejó la taza sobre la mesa y, mirando a Cecilio a los ojos, le soltó:

“Voy a contestarte a la pregunta que me hiciste aquel día; sí, ahora sí soy feliz, aunque aún siento que me falta algo, pero soy feliz con la vida que tengo y con la compañía de Lolita, mi perrita”.

Cecilio, que no dejaba de mirarla, esperó a que terminara de hablar y le dijo.

“Atilia, me he enterado de que en las noches estrelladas de primavera sueles dar clases magistrales de astronomía. Me gustaría asistir a esas charlas, siempre que haya hueco.

Atilia dibujó una sonrisa en su boca, miró a Lolita, luego a Cecilio y le contestó.

“Precisamente esta noche doy una de esas charlas, puedes asistir si así lo deseas”.

“También me gustaría acompañarte en tus paseos diarios” —Acabó diciendo Cecilio.

Atilia acercó la taza a los labios, tomó un sorbo café y dejó la taza sobre la mesa, se despidió de Cecilio hasta la noche y salió a la calle.

Atilia comenzó a canturrear. Sus mejillas se veían ligeramente coloradas. Se había ruborizado, y sonriendo de nuevo se perdió calle abajo.

lunes, 6 de julio de 2026

PAJARRACO


 ENCUENTRO AVILA 2026
COMPAÑEROS DEL COLEGIO UROGALLO
DE LA UNIVERSIDAD LABORAL DE CHESTE (VALENCIA)


¿Ey, pajarraco, qué tiempos aquellos!
corriendo como animal enjaulado,
entre alcornoques, encinas y olivos
entre edificios futuristas
que te gustaban tanto
entre ese sol que brillaba en lo alto,
y ese viento silbando después del desayuno,
y a veces pasabas miedo.
 
Apenas podías volar, pajarraco
a pesar de tener tanto espacio
te movías a salto de mata
dando brincos sin rumbo,
y tu familia en el otro lado del mapa.
 
Pajarraco, ¿qué fue de aquellos días?
cuando entraste en la historia asustado?
Aquellos días fueron duros, ¿eh, pajarraco?
Creías estar solo, pero erais tantos.
 
El final de este cuento estaba escrito
mucho antes de que ocurriera,
y pasó el tiempo,
y, otra vez solo, en otro lugar,
en otra parte, otro nido,
y así una vez tras otra en el mejor de los casos
 
Y ahora, pajarraco, sentado en tu sillón
observas la vida con ojos cansados,
la memoria te va fallando,
y alguna gotera aparece en el cuerpo
ahora tu nido parece sólido,
pero quizá sea el último.
 
Tus polluelos o los polluelos de estos
serán los que vendrán a verte.
mientras cuentas las canas sobre el espejo
cayendo una a una sin orden
en un descolorido lavado antaño blanco.

domingo, 21 de junio de 2026

LA PRUEBA (Microrrelatos hasta 100 palabras)


 CONCURSO RELATOS EN CADENA

El monitor coge la lista de candidatos de la mesa que preside el área de exámenes, dispuesto a pasar lista de nuevo. Va a dar comienzo la tercera y definitiva prueba.

Ha colocado un pupitre con su silla frente a una zona boscosa desde donde observará el desarrollo de la prueba, esta consistirá en trepar a un árbol, previamente identificado, en el menos tiempo posible.

Se oyen murmullos entre algunos de los candidatos. El mono se ríe complacido porque se sabe ganador; la jirafa y el elefante, en cambio, quieren impugnar la prueba. El pez de colores se retira llorando desconsoladamente mientras se mete de nuevo en su pecera.


martes, 16 de junio de 2026

PROPUESTA ENVENENADA (Microrrelato hasta 100 palabras)


 CONCURSO RELATOS EN CADENA

La candidatura al premio de poesía fue un rotundo éxito. Hubo felicitaciones para Benjamín, el poeta, por supuesto, y para su representante, artífice de semejante proeza.

Esa noche, su manager, al llegar a casa, mientras se desajustaba la corbata, escuchó los mensajes que parpadeaban en el contestador. Uno de ellos le heló la sangre. Un alto cargo de la oficina diplomática de una potencia americana quería proponer a su máximo mandatario al premio sueco de literatura. En unos días, un descendiente cubano y un marine lleno de tatuajes le darían más detalles. Lleno de pánico, declinó el ofrecimiento.

Al día siguiente subieron los aranceles.

martes, 9 de junio de 2026

PERSEVERANCIA (Microrrelato hasta 100 palabras)

 


CONCURSO RELATOS EN CADENA


Sus textos serán insufribles, le aventuró el profesor al devolverle corregido el examen repleto de correcciones, tachaduras y tildes colocadas a destiempo.

—¿Pero la historia, profe, le ha gustado la historia? —le preguntó tirándole de la chaqueta, reclamando su atención.

—¿Cree usted que seré escritor algún día? —continuó.

El profesor, sin prestarle demasiada atención, le insistía que sus textos seguirían siendo insufribles.

Pasado el tiempo, mientras se ajustaba la pajarita, justo cuando se disponía a leer el discurso de agradecimiento por la concesión de un prestigioso premio internacional de literatura, se acordó cuando le decía su mujer aquello de que solo servía para escribir.

jueves, 4 de junio de 2026

UNA OCURRENCIA CON MALA SOMBRA (Microrrelato hasta 100 palabras)

 


CONCURSO RELATOS EN CADENA


—Con suerte, un punto y seguido será suficiente —pensó.

Estaba harto de oírle soltar palabras llenas de faltas, con acentos mal puestos y preposiciones utilizadas a destiempo.

Se le ocurrió inventarse una ocurrencia con la única intención de que se callara un rato.

—Tienes los cordones desabrochados —le soltó.

Miró al suelo, entonces se dio cuenta de la treta y, dando media vuelta, se marchó enfadado. Cuando se hubo alejado unos pasos, observó cómo se trastabillaba con los cordones y se caía al suelo.

—Vaya, pues era verdad que los tenía desabrochados —dijo, finalizando el cuento que le acababa de leer a su hijo.

miércoles, 27 de mayo de 2026

UN PERRO DE DOS PATAS


 

Le gustaban los perros
tanto como comer con los dedos.
Siempre quiso tener uno,
a pesar de no conocer el oficio
el oficio de cuidarlo como a un niño
de los paseos matutinos, aun sin tener ganas.
De estar pendiente cada momento,
de acariciarle su lomo o cepillarle el pelo.
 
Un día la ocasión llamó a su puerta
alguien cercano, con perra y otros fetiches
le ofreció un cachorro.
Había parido la perra
—Lo consultaré —fue la respuesta.
 
—Me regalan un perro —dijo al llegar al hogar.
No era regalo, pero eso a nadie le importa.
—Ya tenemos quien guarde la casa.
le contestaron con vigorosa voz.
Miró a su alrededor, pues no entendía nada.
—Para perro ya estás tú —continuó la voz briosa.
Sin ofrecer resistencia se guardó la respuesta.
 
Pasados unos años
dos retoños entran en escena
una tarde cualquiera, tranquila, por cierto.
Uno de los retoños, la niña, recuerda,
le da dos besos, uno por mejilla.
—Papá, queremos tener un perrito —pidió por su boquita.
El papá tomó la iniciativa con mesura.
—Hija, en esta casa ya hay un perro—
quedose informada al momento.
La niña, curiosa y sorprendida, le pregunta:
¿Papá, y dónde está el perrito que no lo vemos?
El padre entendió llegado el momento,
desempolvó la respuesta
aquella que llevaba guardada tanto tiempo
—Hija mía, el perrito que no veis… soy yo.