En primer
lugar, se estiraba hasta casi hacerse daño; disfrutaba con ello. Un poco más
tarde y ya con los pies en el suelo, se dirigía sin perder tiempo a la escalera.
La casa tenía dos plantas; en la de arriba se hallaban los dormitorios. En uno
de ellos estaba su cama. En ese corto trayecto repetía una y otra vez y entre
susurros las mismas coletillas: de hoy no pasa y hoy es el día.
Llevaba
tiempo queriendo bajar las escaleras él solo, sin ayuda de nada ni de nadie; además
quería bajarlas de dos en dos, como veía hacerlo en la televisión, en
los programas de niños. Para conseguir ese reto, sabía que tenía que ir poco a
poco y aprender primero a hacerlo de uno en uno y con cuidado.
En tercer
lugar, y una vez que se encontraba en el borde de la escalera, contaba los peldaños
que separaban el miedo del éxito. Diez eran los escalones que había en esa escalera,
y los contaba varias veces cada mañana. Ese día los contó hasta tres veces.
Sabía que
hoy iba a ser distinto, tenía que superar sus temores y salir airoso, y decidió
que sería el día elegido; estaba convencido.
Cerró los
ojos y se dispuso a dar el primer paso, pero de repente comprendió que debían
estar abiertos; quería mirar de cara al miedo y, sobre todo, y lo más
importante, quería estar seguro de no caerse.
Comenzó el
descenso, corto en metros, pero largo, muy largo en emociones.
Dio un primer
paso, despacito, luego otro; estaba nervioso, tiritaba de miedo, un pasito, un
escalón, luego otro; consiguió superar el escalón tercero. Bajaba por el lado
de la pared, por precaución; en el otro lado, el del pasamanos, veía a través
de los barrotes el suelo, y le parecía que estaba tan lejos que le empezó a
entrar vértigo, por eso se cambió de lado. Otro pasito más, otro escalón menos.
En este momento solo le quedaban cuatro escalones para finalizar semejante
tortura. En ese momento decidió parar un momento y se sentó en la huella del
sexto escalón.
Pasados
unos segundos, se reincorporó y con mucho esfuerzo superó otro escalón más; ahora
solo le quedaban tres. Un último esfuerzo, se decía a sí mismo en voz baja, y
dejó atrás el escalón número ocho, pero cuando iba a enfrentarse al penúltimo
peldaño, una pequeña distracción, un descuido, quizá un exceso de confianza,
hizo que se le trastabillaran los tobillos y se tropezó, cayéndose y dando un
par de vueltas, y rodando acabo en el rellano de la planta baja. Sintió molestias,
pero comprobó que no tenía nada roto y se incorporó de nuevo.
Por muy
poco no lo había conseguido, pero a pesar de ello se mostraba contento; entonces
tomó la mejor decisión que pudo tomar en esos momentos. Lejos de desistir, decidió
intentarlo de nuevo. Subió las escaleras y las bajó otra vez, ahora con menos
dificultad que la vez anterior, y repitió el recorrido al menos otras tres veces
más, y se dio cuenta de que esa decisión que había tomado le había producido
una sensación difícil de describir, y en ese mismo momento descubrió que se
había hecho mayor sin darse cuenta. Había dejado de ser un cachorro y se había
convertido en un perro adulto.

Muy bueno.
ResponderEliminarGracias Javier
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