Le gustaban los perros
tanto como comer con los dedos.
Siempre quiso tener uno,
a pesar de no conocer el oficio
el oficio de cuidarlo como a un niño
de los paseos matutinos, aun sin tener ganas.
De estar pendiente cada momento,
de acariciarle su lomo o cepillarle el pelo.
Un día la ocasión llamó a su puerta
alguien cercano, con perra y otros fetiches
le ofreció un cachorro.
Había parido la perra
—Lo consultaré —fue la respuesta.
—Me regalan un perro —dijo al llegar al hogar.
No era regalo, pero eso a nadie le importa.
—Ya tenemos quien guarde la casa.
le contestaron con vigorosa voz.
Miró a su alrededor, pues no entendía nada.
—Para perro ya estás tú —continuó la voz briosa.
Sin ofrecer resistencia se guardó la respuesta.
Pasados unos años
dos retoños entran en escena
una tarde cualquiera, tranquila, por cierto.
Uno de los retoños, la niña, recuerda,
le da dos besos, uno por mejilla.
—Papá, queremos tener un perrito —pidió por su boquita.
El papá tomó la iniciativa con mesura.
—Hija, en esta casa ya hay un perro—
tanto como comer con los dedos.
Siempre quiso tener uno,
a pesar de no conocer el oficio
el oficio de cuidarlo como a un niño
de los paseos matutinos, aun sin tener ganas.
De estar pendiente cada momento,
de acariciarle su lomo o cepillarle el pelo.
Un día la ocasión llamó a su puerta
alguien cercano, con perra y otros fetiches
le ofreció un cachorro.
Había parido la perra
—Lo consultaré —fue la respuesta.
—Me regalan un perro —dijo al llegar al hogar.
No era regalo, pero eso a nadie le importa.
—Ya tenemos quien guarde la casa.
le contestaron con vigorosa voz.
Miró a su alrededor, pues no entendía nada.
—Para perro ya estás tú —continuó la voz briosa.
Sin ofrecer resistencia se guardó la respuesta.
Pasados unos años
dos retoños entran en escena
una tarde cualquiera, tranquila, por cierto.
Uno de los retoños, la niña, recuerda,
le da dos besos, uno por mejilla.
—Papá, queremos tener un perrito —pidió por su boquita.
El papá tomó la iniciativa con mesura.
—Hija, en esta casa ya hay un perro—
quedose informada al momento.
La niña, curiosa y sorprendida, le pregunta:
¿Papá, y dónde está el perrito que no lo vemos?
El padre entendió llegado el momento,
desempolvó la respuesta
La niña, curiosa y sorprendida, le pregunta:
¿Papá, y dónde está el perrito que no lo vemos?
El padre entendió llegado el momento,
desempolvó la respuesta
aquella que llevaba
guardada tanto tiempo
—Hija mía, el perrito que no veis… soy yo.
—Hija mía, el perrito que no veis… soy yo.

Me Ha gustado mucho.
ResponderEliminarEnhorabuena, Alfredo
Graciassss
EliminarMuy bueno.
ResponderEliminarGracias
EliminarMuy bonito Alfredo, original y, aunque un poco surrealista, es muy tierno y con un gran mensaje. Un abrazo.
ResponderEliminarDavid Pro.
Gracias
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