Atilia Valdelafuen
enviudó al poco tiempo de pasar de trabajadora en activo a pensionista. Fue por
aquella época cuando decidió abandonar las incomodidades, el ajetreo y la anarquía
de la ciudad para abrazar la tranquilidad, la paz y el sosiego que le ofrecía
el pueblo que la vio nacer, un pueblo pequeño que no llegaba al millar de
habitantes, encantador y animado en determinadas épocas del año.
Enseguida comprobó
que esa decisión fue acertada. Habían transcurrido cuatro años desde que tomó
la aquella decisión. Se había adaptado perfectamente a su nueva vida y a su
nuevo entorno.
Ocupaba la casa que
le habían dejado en herencia sus abuelos, situada en la parte vieja del pueblo,
cerca de la fuente de piedra y al lado de una de las orillas del río. Un poco
más allá, en una plaza peraltada, se encontraba la iglesia con su majestuosa
torre del siglo XIV y a su lado el ayuntamiento.
La casa era
antigua, construida con grandes sillares de piedra. El inmueble constaba de
tres alturas. La fachada de la casa hacía esquina a dos calles y enseñaba varias
ventanas al exterior. En su primer piso, un majestuoso balcón corrido con
barandillas de hierro forjado presidia la fachada. La puerta de la casa se
abría a una calle que conducía a la calle Mayor hacia la izquierda y a su
derecha directamente a la vieja fuente y al puente sobre el río por su parte
norte; en la otra dirección hacia el sur llevaba al antiguo lavadero y a las
escuelas del municipio.
Atilia era una mujer
corriente, reservada y poco habladora. Cuando quería decir algo, tiraba de
ironía y sarcasmo. Le gustaban las cosas sencillas como el olor del pan recién
horneado, un buen plato de borrajas y observar las estrellas en las noches
despejadas de otoño y primavera. También le gustaba el orden, las cosas bien hechas
y cumplir con la palabra dada. Era sibarita con el vino, servido en copa de
cristal, por supuesto.
Vestía de manera
correcta; no le gustaban las estridencias en el vestuario. No usaba ni cadenas
ni sortijas; tan solo dos anillos lucían en el dedo índice de su mano derecha:
las alianzas de su matrimonio. Tampoco le gustaba usar reloj en la muñeca.
Cuando abandonó la ciudad, una de las primeras cosas que hizo al llevar al
pueblo fue quitárselo y dejarlo guardado en el cajón de la mesilla de noche.
En general, era
una persona ordenada y meticulosa, sobre todo en algunos aspectos y con determinadas
cosas. Solía decir que cada cosa tenía su sitio y cada sitio estaba reservado para
una cosa determinada.
Estaba obsesionada
con tener determinados objetos siempre a mano, aunque no los utilizara a
menudo. Podrían pasar desapercibidos a simple vista, pero siempre resultaban muy
útiles en determinados momentos; por ejemplo, nunca le faltaban cajas de cerillas.
Cuando encendía la cocinilla de gas o para calentar el cazo de la leche en los
desayunos o la chimenea de leña los días de mucho frío siempre las necesitaba y
debía tenerlas a mano.
Otra de los objetos
que abundaban, aunque estuvieran escondidos o lejos del alcance de la vista eran
las velas. En el cajón de los cubiertos siempre se podían encontrar varios trozos;
cabos de vela los llamaban por estos lares. En las casas antiguas nunca se sabe
cuándo podían hacer falta. Había velas por todos los rincones.
Otras de las cosas
que podías encontrar en cualquier lugar insospechado eran paquetes de pilas, de
todos los tamaños, en cualquier habitación de la casa, por muy recóndita que
pudiera parecer; Atilia escuchaba la radio a todas horas y no soportaba que se
le apagara la radio porque se le gastaran las baterías y no poder escúchala por
no tener otras de repuesto a mano. Además, en estos pueblos pequeños a veces
era difícil encontrar abierta la única tienda donde se podían encontrar este
tipo de artículos.
También podías
encontrarte en cualquier cajón o dentro de cualquier vasija, de esas que se
ponen de adorno en los centros de las mesas, cintas métricas que, como decía su
abuela, siempre venía bien tener a mano estos chismes. Junto a estas cintas
también podías encontrar lapiceros sin punta o bolígrafos que no pintaran por
tener seca la tinta.
Atilia adoraba
tener la fuente vieja cerca de casa. Iba a menudo a llenar las botellas de agua.
Bajaba las escaleras que accedían a ella con cuidado, siempre estaban mojados los
peldaños debido al rastro que dejaba la gente al llenar de agua los cantaros de
barro o las damajuanas de cristal. Cuando era joven Atilia bajaba los peldaños
de dos en dos, pero eran otros tiempos y otras edades.
La fuente tenía
cinco caños; Atilia siempre utilizaba el caño que estaba más a la izquierda de
todos, manías de cuando era joven, decía.
Por las noches,
cuando reinaba el silencio en las calles de la villa, Atilia escuchaba el ruido
que producía el agua al correr por los caños. Ese sonido le relajaba cuando no
lograba conciliar el sueño.
Atilia era muy inquieta;
en la ciudad no paraba ni un solo momento. Rehusaba utilizar el coche, prefería
andar o coger el transporte público para desplazarse al trabajo para realizar
todo tipo de gestiones o cuando decidía ir al cine o de bares; ahora que se
había hecho mayor, había reducido su actividad física, tan solo se limitaba a dar
largos paseos.
Todas las mañanas
Atilia salía temprano de casa, generalmente en ayunas, y comenzaba a caminar, siempre
en la misma dirección, el mismo recorrido.
Llegaba hasta el
río y seguía la orilla, en dirección contraria a la corriente, cruzaba la
rambla y se adentraba en un paseo precioso de árboles bananos de sombra, y bajo
sus copas repletas de hojas en verano y pelados y famélicos en invierno llegaba
a la altura del cementerio.
Cruzaba el río y
ya en la otra orilla se encaminaba a través de un enjuto sendero, rodeado de
campos de cultivo, hacia los restos de un antiguo yacimiento romano. Llegado a
este punto, paraba para descansar y recuperar el resuello; aprovechaba entonces
para refrescarse y contemplar las hermosas vistas que le proporcionaban los
campos sembrados de trigo o de cebada, el vuelo suspendido de las aves con sus
hermosas alas extendidas o el tranquilo discurrir del caudal del río. Una vez
que recuperaba el aliento, Atilia emprendía el camino de vuelta.
En una ocasión, al
volver de su paseo diario, se le ocurrió entrar en uno de los pocos bares que
quedaban abiertos en el pueblo a tomarse un café y leer el diario con las
ultimas noticias de la provincia.
Al cabo de un
rato, mientras ojeaba el periódico, se le acercó Cecilio, un vecino; después de
saludarse cortésmente, comenzaron a charlar. Estuvieron largo rato hablando de
cosas superficiales, sin trascendencia; se interesaron cada uno por la vida del
otro, pero de manera un tanto fría; se preguntaron cada uno por la salud del
otro, hablaron del tiempo, del régimen de lluvias y de los turnos de riego de
los campos de cultivo.
Atilia de los
asuntos del campo no aportaba nada a la conversación, pues eran temas de los que
apenas tenía conocimiento. Cecilio era labrador y de esos asuntos sabía mucho y,
de hecho, se pasó largo rato hablando, gesticulando, dibujando gráficos con los
dedos y midiendo extensiones de campos y huertos en la palma de la mano.
En un momento dado
y cuando parecía que decaía la conversación, Cecilio cambió el sentido de la
conversación y, mirando a los ojos de Atilia, le hizo una pregunta que la dejó triste,
pensativa y sin palabras en la respuesta.
“Atilia ¿tú aquí,
en el pueblo, eres feliz?
Atilia no contestó,
no supo que contestar, se quedó sorprendida y boquiabierta, y miró para otro
lado. Se le cambió el semblante. Se puso seria. Sacó unas monedas del monedero,
invitó a Cecilio al café, se disculpó amablemente y abandonó el local.
Habían pasado
varios días desde aquella conversación con Cecilio. Pero Atilia no había
olvidado esa pregunta y tampoco que tarde o temprano tendría que responderla,
pero eso sería en otra ocasión, pensó.
Una preciosa
mañana de febrero, Atilia, en su paseo diario, cuando estaba a punto de tomar
el sendero que le llevaba a las ruinas romanas, se encontró con una perrita que
le salió al paso. Era pequeña, tenía el pelaje de color castaño con algunos
mechones de color blanco. Iba con la cabeza alta y la lengua fuera. Su cola empezó
a moverse sin parar en cuanto la vio. Tenía buen aspecto y parecía dócil y
cariñosa. Alrededor del cuello lucía un collar, pero no figuraba ningún dato de
interés, ni nombre ni identificación ni tampoco número de contacto en caso de
pérdida o extravío.
Atilia le pasó la
mano por el cuello, le acarició la espalda, le dio de beber agua y de comer
unas nueces peladas que llevaba en la mochila y continuó su paseo. La perrita
comenzó a seguirla; esta, a su vez, se volvía de vez en cuando para asegurarse
que no venía detrás, pero fue inútil, la perrita iba tras los pasos de Atilia,
no sin cierta dificultad.
Pasaron varios
minutos y unos cientos de metros cuando Atilia decidió hacer otro alto, aunque
no lo tenía previsto. Se sentó en una piedra que había en uno de los espaldones
del camino y, mirando fijamente a su nueva compañera de paseo, le intentó
explicar de manera sencilla el tipo de vida que ella llevaba y los motivos por
los que debía dejar de seguirla: teorías sobre por qué no podía encargarse de
ella, su desconocimiento sobre alimentación, limpieza y cuidado de animales y
cosas por el estilo.
Estuvo repitiendo
lo mismo varias veces más, y cuando creía que la había convencido, le dio otras
pocas nueces, echó agua en la palma de su mano, se la dio a beber, cerró la
cantimplora y emprendió el camino de nuevo despidiéndose de la perrita. Esta se
quedó triste, observando cómo se alejaba la que podía haber sido una nueva
amiga.
Cuando estaba a
punto de llegar a la puerta de casa, ya con las llaves en la mano haciendo
ademán de abrir la puerta, no podía dar crédito a lo que estaba viendo, a lo
lejos, a la altura del puente, una silueta que le resultaba familiar, caminaba
hacia ella. Era la perrita que se había encontrado en el camino; la había
estado siguiendo hasta casa.
Habían pasado dos
semanas desde el día en que Atilia se topó con la perrita en el camino. La
perrita estaba viviendo con ella. Le había habilitado un rincón en una de las
estancias de la parte baja de la casa. Un pequeño colchón metido en un cesto,
que parecía hecho a medida, un muñeco de trapo que encontró Atilia en uno de
los armarios y dos pequeños platos, uno para agua y otro para la comida,
completaban los dominios de la perrita.
Entretanto, Atilia
le había hecho dos fotos a la perrita y había encargado fotocopias y las había
publicitado por todos los rincones del pueblo, farolas, señales de tráfico, en
el bar donde tomo café con Cecilio, en el tablón de anuncios del Ayuntamiento y
en la única tienda del pueblo donde vendían de todo y podías encontrar de todo,
anunciando y avisando que había encontrado una perrita, facilitando un teléfono
de contacto, el suyo, para recuperarla.
Nadie hasta ese
momento había reclamado a la perrita. Atilia tomó entonces dos decisiones
relacionadas con el animal: buscarle un nombre y visitar a un veterinario para que
le hicieran una revisión completa, no necesariamente por ese orden.
Estuvo buscando
con ahínco algún veterinario de la zona, para concertar una cita, pero fue su
vecino, Cecilio, quien le facilitó las cosas. La hija de unos conocidos ejercía
precisamente de veterinaria, en una comarca contigua a la que pertenecía el
pueblo donde estaban viviendo.
Cecilio se ofreció
incluso a acompañarlas a la visita, a lo que accedió Atilia, no sin antes haber
evaluado las posibles consecuencias de esa decisión.
El día de la
consulta, madrugaron para estar a la hora señalada en la cita; Cecilio conducía
su ranchera con cierta despreocupación; Atilia lo observaba con el rabillo del
ojo. La música de la radio sonaba suave. De repente, Atilia se volvió hacia el
conductor dándole un susto.
“Se llamará Lola”
— Gritó
“¿Quién? —preguntó
Cecilio
“La
perrita”—respondió Atilia, y continuaron el camino en silencio.
A Atilia se la
veía contenta cada día que transcurría al lado de Lola. En las noches de
verano, Lola sacaba unas sillas a la puerta de casa, a tomar la fresca y a
contemplar lo hermosa que estaba la noche repleta de estrellas, y le explicaba
a Lola las constelaciones, la Osa mayor, la Osa menor, Orión; le señalaba la
estrella polar y otras muchas maravillas del universo. Lola no entendía nada de
lo que le hablaba su ama, pero le prestaba toda la atención de que era capaz, y
se encontraba muy a gusto.
Atilia, todo lo
hacía con la perrita: pasear, cocinar, leer, descansar, pero una tarde pasó
algo que le cambiaría el semblante y la dejaría muy triste.
Esa tarde llamaron
a la puerta de casa, y tanto Lola como Atilia se dirigieron a la entrada, descorriendo
el pestillo para saber quién llamaba a esas horas.
Era un hombre con
aspecto de hortelano. Lola enseguida comenzó a mover la colita en señal de
alegría y de reconocimiento. Se abalanzó hacia él y el buen hombre la abrazó y
le hizo carantoñas, y le rascó la espalda un rato largo. Atilia no daba crédito;
ya se barruntó en ese momento lo que iba a ocurrir en la mismísima puerta de
casa.
Resulta que el
buen señor, era el dueño de Lola, al que se le extravió. En la época en queq
Atilia se encontró con Lola en el campo, el dueño de Lola se puso muy enfermo, tuvieron
que operarle y estuvo hospitalizado bastante tiempo, y como vivía solo,
seguramente la perrita se hubo desorientado.
El buen señor, siguió
dando todo tipo de explicaciones y motivos, pero por más datos y motivos que
relataba, Atilia hacía tiempo que había desconectado; no le interesaban las
explicaciones, ya sabía cómo acabaría la historia. Al cabo de una hora, el buen
hombre abandonó la casa de Atilia con Lola en sus brazos.
Atilia pasó unas
semanas disgustada sin salir de casa más que para lo estrictamente necesario;
no quería ver a nadie y que nadie la viera, apenas se aseaba, malcomía, pasaba
varios días sin vestirse, no le apetecía pasear, ni bajar a la fuente, ni tomar
café con Cecilio, ni leer la prensa ni escuchar la radio.
Habían transcurrido
dos meses desde que se fue Lola. Una tarde que Atilia estaba adormilada en el
sofá del comedor, sin ganas de nada, como venía siendo costumbre últimamente,
alguien hizo sonar la aldaba de la puerta. Atilia no hizo intención de
levantarse. Volvieron a golpear la aldaba contra la puerta, esta vez los golpes
eran más fuertes. Y una tercera vez se oyó la aldaba golpear la puerta; decidió
entonces acercarse a la puerta arrastrando los pies sin ganas, todo por saber
quién llamaba con tanta insistencia.
Descorrió el
pestillo, giró la llave y abrió la puerta. El reflejo de la luz le molestó
tanto los ojos que tuvo que cerrarlos instintivamente, con lo que no pudo
distinguir en un primer momento quien le estaba tapando la puerta. Cuando pudo
adaptarse a la luz de la tarde, no podía dar crédito a lo que estaba viendo. Era
la persona que dos meses atrás se llevó a su perrita querida. Sin tiempo para
reaccionar, Lola se la echó encima, lamiéndoles las mejillas, la nariz, la boca
y moviendo la cola como una loca. Nicasio, así se llamaba el dueño de Lola,
llevaba en sus brazos un cachorro. Atilia les invitó a pasar y Nicasio pudo
dejar en el suelo al cachorro, que rápidamente comenzó a gatear, con
dificultad, y a husmear cuántos pequeños objetos le rodeaban y se encontraba a
su paso.
Resulta que Lola
había sido madre hacia poco y había parido varios cachorros. Nicasio decidió
entonces que, como se llevó a Lola aquel día de una manera tan repentina de
casa de Atilia, y observar que esta se quedaba tan desolada, le quería ofrecer
la posibilidad de que se quedara con uno de los cachorros, también hembra como
Lola. Atilia aceptó sin dudarlo.
La vida de Atilia
cambió desde ese mismo momento. Volvió a salir de casa, siempre acompañada de
su cachorro, al que llamó Lolita, a sonreír, a estar alegre, a cuidarse. Retomó
los paseos. En las tardes de primavera salía con Lolita a tomar la fresca a la
puerta de casa. Le mostró a Lolita las noches estrelladas y el nombre de las
constelaciones; esta, al igual que ocurría con su madre, no parecía comprender
nada, pero ponía mucha atención, igual que hacía su madre cuando la hablaba
Atilia
Habían pasado
semanas desde que Lolita formaba parte de la nueva vida de Atilia, cuando una
mañana se personó en casa de Cecilio, el vecino.
—Hola, Cecilio,
¿me invitas a entrar y a tomar un café? —Le soltó sin darle tiempo a respirar.
Echándose a un
lado, la dejó pasar.
—Tengo la cafetera
en el fuego. —le contestó Cecilio “Mientras tanto, ¿Qué puedo hacer por ti,
vecina? —prosiguió.
Atilia estuvo
hablando con Cecilio largo rato. En primer lugar, se disculpó por no haberle
dado respuesta a aquella pregunta que le hizo tiempo atrás, sobre su felicidad.
Seguidamente le dio las gracias por acompañarla con su coche a la consulta del
veterinario. Cuando estaba a punto de tomarse el café, dejó la taza sobre la
mesa y, mirando a Cecilio a los ojos, le soltó:
“Voy a contestarte
a la pregunta que me hiciste aquel día; sí, ahora sí soy feliz, aunque aún
siento que me falta algo, pero soy feliz con la vida que tengo y con la
compañía de Lolita, mi perrita”.
Cecilio, que no
dejaba de mirarla, esperó a que terminara de hablar y le dijo.
“Atilia, me he
enterado de que en las noches estrelladas de primavera sueles dar clases
magistrales de astronomía. Me gustaría asistir a esas charlas, siempre que haya
hueco.
Atilia dibujó una
sonrisa en su boca, miró a Lolita, luego a Cecilio y le contestó.
“Precisamente esta
noche doy una de esas charlas, puedes asistir si así lo deseas”.
“También me
gustaría acompañarte en tus paseos diarios” —Acabó diciendo Cecilio.
Atilia acercó la
taza a los labios, tomó un sorbo café y dejó la taza sobre la mesa, se despidió
de Cecilio hasta la noche y salió a la calle.
Atilia comenzó a
canturrear. Sus mejillas se veían ligeramente coloradas. Se había ruborizado, y
sonriendo de nuevo se perdió calle abajo.

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