—Que el
tiempo miente resulta obvio —sentenciaba vaso en mano, mientras sus contertulios
observaban con atención el vaivén del vino, a medio camino entre un moderado
oleaje y un minúsculo tsunami, a medida que agitaba el brazo acompañando su
veredicto.
—Con permiso de ustedes, mis queridos amigos, trataré de argumentar esta opinión con hechos —proseguía con la charla sin soltar el vaso y sin haber probado aún su contenido.
—De pequeños queríamos crecer, hacernos mayores, barruntábamos expectativas, teníamos sueños que a la postre en muy pocos casos se cumplirían.
—Recuerdo —continuó argumentando —que siendo todavía unos críos y nos tocaba vestir de corto, queríamos ponernos pantalones largos, o cuando éramos imberbes, nos afeitábamos a escondidas para tener cuatro pelos encima de los labios. O esos pitillos que fumábamos imitando a nuestros padres entre arcadas y toses, o aquella época de juventud en que queríamos cambiar el mundo, irnos de casa y protestar por todo, ¿en qué ha quedado?
—Sí —siguió con la explicación —mis queridos amigos, hemos querido vivir más deprisa que el tiempo de cada momento. El tiempo siempre nos ha mentido y ahora que somos mayores, llenos de achaques, arrugas y lagunas en la memoria, ahora que nos gustaría que siguiera mintiéndonos, nos dice la única verdad que no queremos escuchar cuando nos miramos en el espejo todas las mañanas.
