jueves, 29 de enero de 2026

DIEZ PELDAÑOS


Todas las mañanas, nada más abrir los ojos, repetía los mismos movimientos.

En primer lugar, se estiraba hasta casi hacerse daño; disfrutaba con ello. Un poco más tarde y ya con los pies en el suelo, se dirigía sin perder tiempo a la escalera. La casa tenía dos plantas; en la de arriba se hallaban los dormitorios. En uno de ellos estaba su cama. En ese corto trayecto repetía una y otra vez y entre susurros las mismas coletillas: de hoy no pasa y hoy es el día.

Llevaba tiempo queriendo bajar las escaleras él solo, sin ayuda de nada ni de nadie; además quería bajarlas de dos en dos, como veía hacerlo en la televisión, en los programas de niños. Para conseguir ese reto, sabía que tenía que ir poco a poco y aprender primero a hacerlo de uno en uno y con cuidado.

En tercer lugar, y una vez que se encontraba en el borde de la escalera, contaba los peldaños que separaban el miedo del éxito. Diez eran los escalones que había en esa escalera, y los contaba varias veces cada mañana. Ese día los contó hasta tres veces.

Sabía que hoy iba a ser distinto, tenía que superar sus temores y salir airoso, y decidió que sería el día elegido; estaba convencido.

Cerró los ojos y se dispuso a dar el primer paso, pero de repente comprendió que debían estar abiertos; quería mirar de cara al miedo y, sobre todo, y lo más importante, quería estar seguro de no caerse.

Comenzó el descenso, corto en metros, pero largo, muy largo en emociones.

Dio un primer paso, despacito, luego otro; estaba nervioso, tiritaba de miedo, un pasito, un escalón, luego otro; consiguió superar el escalón tercero. Bajaba por el lado de la pared, por precaución; en el otro lado, el del pasamanos, veía a través de los barrotes el suelo, y le parecía que estaba tan lejos que le empezó a entrar vértigo, por eso se cambió de lado. Otro pasito más, otro escalón menos. En este momento solo le quedaban cuatro escalones para finalizar semejante tortura. En ese momento decidió parar un momento y se sentó en la huella del sexto escalón.

Pasados unos segundos, se reincorporó y con mucho esfuerzo superó otro escalón más; ahora solo le quedaban tres. Un último esfuerzo, se decía a sí mismo en voz baja, y dejó atrás el escalón número ocho, pero cuando iba a enfrentarse al penúltimo peldaño, una pequeña distracción, un descuido, quizá un exceso de confianza, hizo que se le trastabillaran los tobillos y se tropezó, cayéndose y dando un par de vueltas, y rodando acabo en el rellano de la planta baja. Sintió molestias, pero comprobó que no tenía nada roto y se incorporó de nuevo.

Por muy poco no lo había conseguido, pero a pesar de ello se mostraba contento; entonces tomó la mejor decisión que pudo tomar en esos momentos. Lejos de desistir, decidió intentarlo de nuevo. Subió las escaleras y las bajó otra vez, ahora con menos dificultad que la vez anterior, y repitió el recorrido al menos otras tres veces más, y se dio cuenta de que esa decisión que había tomado le había producido una sensación difícil de describir, y en ese mismo momento descubrió que se había hecho mayor sin darse cuenta. Había dejado de ser un cachorro y se había convertido en un perro adulto.

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