domingo, 13 de septiembre de 2026

CAPITÁN DE AGUA DULCE


 

Ensambló la pieza que faltaba, tiró con fuerza de uno de los extremos, aplanó la base como pudo, hizo un par de dobleces más y dio por terminado el montaje. Lo introdujo con cuidado en el agua.

Repitió de carrerilla los cuatro lados del barco ayudándose de los dedos: proa, popa, estribor y babor; a continuación, metió el pie derecho ayudándose con una mano mientras la otra permanecía sujeta a uno de los asideros, instalados precisamente para esos menesteres; luego hizo lo mismo con el pie izquierdo.

Una vez dentro, se ajustó la gorra de capitán, la que le tocó hace años en unas ferias y a la que le tenía mucho cariño, y con voz firme lanzó la orden de soltar los cabos, orden que obedeció él mismo.

Seguidamente, se tumbó todo lo largo que era, dejando que la espuma de las sales de baño y las pompas de jabón le cubrieran desde la cabeza hasta los pies, mientras el barquito comenzó a sortear las olas que iba fabricando con las palmas de sus manos.

Al otro lado, en el pasillo, sus seres queridos se desgañitaban pronunciando su nombre mientras intentaban derribar la puerta del baño.

Él estaba feliz porque por una vez en su vida había conseguido llegar a mar abierto.

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