Una vez
dentro de la cabina telefónica, cerró la puerta tras de sí, sacó unas monedas y
las fue introduciendo en la ranura; acto seguido descolgó el auricular y marcó
uno a uno los nueve números; después de varias señales de llamada, sintió como
descolgaban el auricular al otro lado y comenzó a hablar.
—Hola mamá, ¿Cómo estás?
Le fue contando todo lo que había hecho desde que se había levantado esa mañana, lo que había comido, dónde había estado, a quien había saludado y a quién no.
Se gastó todas las monedas que tenía, entonces se despidió angustiado. Colgó el auricular de nuevo y salió de la cabina con lágrimas en los ojos.
Se perdió entre los transeúntes
calle abajo en dirección a su casa.
Su madre hacía seis meses que había fallecido, pero él la seguía llamando todos los días.
Tres semanas más tarde comenzaron a retirar de las calles las cabinas telefónicas.

Inquietante y emotivo.Eres un gran escritor.
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