Durante un
fugaz instante, vuelvo a parecerme a mí mismo. Con la cabeza rapada y un
harapiento pijama a rayas de esparto por todo vestido, no es fácil
distinguirnos.
Con la
mirada perdida, camino de los barracones, arrastro una pesada carretilla de
miseria humana. El fango y el barro hacen que el recorrido sea eterno. En uno de
los lados, un charco. Veo mi reflejo de niño, con los mechones de pelo, la
gorra de los días de fiesta y las mejillas sonrosadas.
Pido un
último deseo antes de caer de bruces, inerte, sobre la linde del camino;
seguidamente, alguien me recoge de mala manera, depositándome sobre la pesada
carretilla.

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