Habían
pasado pocos días desde que celebró su décimo cumpleaños. Por petición expresa,
sus papás le regalaron una casita de madera, aunque más bien parecía un
edificio, muy parecido al que ellos ocupaban junto con unos pocos vecinos en
la calle de la Fuente, en la ciudad.
—Pero tú
te encargas de llenarlas de muebles y de muñecos —le había advertido su madre.
Una
mañana, estando la niña jugando con la casita en su habitación, entró su madre
y cayó en la cuenta de que estaban todas las estancias de la casita ocupadas
menos la que teóricamente ocupaban ellos en la realidad. Se acercó para
observar la casita más de cerca y observó que las estancias que estaban
ocupadas, tenían rasgos y similitudes con gestos y objetos que en alguna ocasión
había visto portar a los vecinos y eso le causó cierta sorpresa y curiosidad.
De repente
notó cómo la rociaban con un líquido viscoso.
Cuando abrió
los ojos, no daba crédito a lo que tenía enfrente. Era su marido junto a su
hija. Estaba haciendo lo mismo que hacía ella tan solo unos minutos antes;
era gigante, la observaba, pero ella no podía moverse. Además, había empequeñecido;
se dio cuenta entonces, que ocupaba la estancia de la casita que aparecía vacía.
La niña,
en un descuido de su padre, le roció con el líquido viscoso; seguidamente, cogió
a su peluche en brazos, y mientras le acariciaba, se dirigió a su gato diciéndole
al oído:
—Solo
faltas tú, gatito, para que en la casita estéis todos.

Ufffff... genial Alfredo... pero deja una sensación extraña (quizás es el objetivo)...
ResponderEliminarUn abrazo
David Pro
Gracias David, es parte del objetivo
EliminarGrande Alfredo
ResponderEliminarGracias
EliminarMenos mal q te dedicas a tocar el oboe porque sino
ResponderEliminarGracias
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