sábado, 12 de abril de 2025

NARIZOTAS (Relatos con humor)


 

De pequeño apuntaba maneras. Cuando era un recién nacido, se le enrojecía la naricita a menudo, hasta que se dieron cuenta sus padres que era debido a la fricción y roce con los bordes de la cuna nido. Esa etapa duró poco, como era de prever, justo hasta que comenzó a gatear. En esa época se volvía rojiza la nariz como consecuencia de los golpes que se daba contra el suelo, al calcular mal las distancias y no responder la psicomotriz, como es debido. En lugar de golpearse con la frente como hacían otros niños, él se golpeaba con la nariz.
 
Tengo que aclarar que la anchura de su nariz, incluidas sus alas, superaban con creces la distancia que había entre sus ojos.
 
Sorteó como pudo una infancia llena de burlas, bromas y mofas. En aquella época sus amigos le asignaron un mote, que dicho sea de paso era lo más común en aquellos tiempos, se trataba de ser cruel a toda costa. El mote que le pusieron fue “Narizotas”, en honor a su órgano más voluminoso, aunque él no lo había solicitado. Ese apodo le acompañaría el resto de su vida.
 
Aunque en general gozaba de buena salud, sufría en demasía las consecuencias de tener la nariz tan grande.
 
Al llegar los primeros días de otoño, comenzaba con algún que otro resfriado, en general de poca monta, pero servía de referencia de cómo iba a trascurrir esa estación en lo que a resfriados se refiere. Sabía de antemano que llegaría a la cifra de al menos una docena, de resfriados, por supuesto. No había más que fijarse en las estadísticas de años anteriores, que meticulosamente tenía anotadas en una libreta, por riguroso orden de aparición. Incluía estas anotaciones: las fechas, la duración del resfriado y los remedios utilizados para remediarlos.
 
Los inviernos se convirtieron en etapas muy difíciles de sobrellevar, debido precisamente a la facilidad innata en resfriarse, con todo lo que eso conlleva. En el colegio le tomaban el pelo; corría el rumor por los pasillos de la escuela que los virus en general, llegado el frío, buscaban su nariz para resguardarse de las inclemencias del tiempo.
 
Coincidió con la época en la que se empezaron a dejar de lado el uso de los pañuelos de tela y se comenzaban a utilizar los mal llamados “clínex” o pañuelos de papel.
 
Para su madre resultó un alivio, pues estaba harta de llenar la lavadora con tanto pañuelo; en cambio, para “Narizotas”, eso significó un tormento. Era como llevar un letrero encima, como si fuera una penitencia, arrojando a todas horas y en cualquier lugar pañuelos llenos de miasmas y mocos. Además, de tanto sonarse la nariz y debido a ciertos componentes en la fabricación de esos pañuelos, le dejaban la nariz enrojecida en su punta y de las fosas nasales, sus bordes. Ese detalle en plena adolescencia representó todo un lastre. Al menos la pubertad le dio un respiro siendo benévola con “Narizotas”. El acné juvenil no se cebó en su cara.
 
A medida que iba creciendo, con asiduidad y sin que “Narizotas” diera el correspondiente permiso, su nariz se adentraba en cualquier lugar o en cualquier asunto a las primeras de cambio, que le incumbiera o no era otra cuestión. Nunca dio las gracias a la naturaleza por dotarle tan generosamente de un órgano tan vistoso, voluminoso y entrometido, más bien fue todo lo contrario. Sus padres ya detectaron esa “rara habilidad”, pero nunca tuvieron claro si era debido a la curiosidad, ese afán tan propio de edades tempranas, o a la protuberancia de dicho órgano.
 
A decir verdad, hicieron buenas migas ambas cualidades, curiosidad y protuberancia para desgracia de “Narizotas”. Resulta que, como era un “metomentodo”, asomaba con frecuencia la cabeza en las habitaciones y estancias; para husmear, pero lo primero que invadía esos espacios no eran las orejas, los ojos o la cabeza, era la punta de su nariz, como resulta obvio. En cuanto se percataban de su presencia, automáticamente soltaban manotazos a las puertas, con el fin de cerrarlas para seguir manteniendo la privacidad, tan repentinamente que no daban tiempo al cotilla a batirse en retirada, siendo golpeado a menudo con saña en la punta del órgano que todos sabemos. De ahí que enseguida se pusiera roja y a menudo se le podía ver por los pasillos cubierto con una cantidad ingente de apósitos, pomadas y vendas.
 
Y así plácidamente iba transcurriendo su vida temprana hasta que ocurrió un hecho que le cambiaría su vida por completo.
 
Resulta que le aparecieron a “Narizotas” unas molestias respiratorias, unas alergias, pensaron sus padres en un primer momento. Hechas las primeras pruebas y visitado el correspondiente médico por aquello del diagnóstico, le detectaron unas molestas vegetaciones; había que operar para extirparlas, nada serio, le dijeron. Y “Narizotas” tuvo una ocurrencia, maldita la hora, que podían aprovechar esa intervención y optimizar el quirófano haciendo cirugía plástica en su nariz. Vaya que le quitaran un cacho. Alegaría problemas respiratorios si fuera necesario y de ese modo podrían serrarle el tabique. Así de sencillo lo veía, pero mira por dónde, coló la sugerencia.
 
Pasó un tiempo incómodo, horroroso y feo, con la piel de la cara amoratada y vendas que le cubrían desde la boca hasta los ojos.
 
Pero todo cambió en unos días, cuando le quitaron los vendajes y pudo mirarse al espejo. Se encontró guapo por primera vez en su vida; las vegetaciones no le habían desaparecido del todo, pero eso ahora mismo no le preocupaba demasiado.
 
Poco a poco, lo que para “Narizotas” era todo un progreso y hasta un triunfo, eso se le iba a volver en contra.
 
Sus amigos, los mismos con los que se había relacionado desde pequeño y que se habían burlado durante toda su escasa vida, le iban rechazando poco a poco. Ya no era el mismo, además para más inri, tenía éxito con las chicas. Apenas paraba por el barrio. Él también se iba dando cuenta de que les echaba de menos. También se percató que estaba cambiando, que no era el mismo de antes del cambio. Se estaba quedando solo.
 
Ya no se resfriaba tanto, dejó de ser entrometido y curioso. Tampoco gastaba en apósitos y vendas. Se había quedado sin amigos. Él ahora estaba viviendo una vida que no era la suya y no se encontraba cómodo. Paradojas de la vida, pensó. Era más feliz cuando le llamaban “Narizotas”, siéndolo, que ahora que ya no lo era, pero tampoco había nadie conocido que le llamara otra cosa. Solo le quedaba el mote, pero en su cabeza.
 

martes, 8 de abril de 2025

¿DÓNDE ESTARÁN LAS LLAVES? (Microrrelato hasta 100 palabras)



Las ha buscado por toda la casa. Acabará encontrándolas, eso piensa.

Se preocupa por las cosas sin motivo.

Piensa en cómo le irá a su niña en la vida, si tomará buenas decisiones o sabrá convivir con las equivocadas, que las habrá, También le preocupa el día que se vaya de casa, que se irá.

Le angustia imaginarse que le pongan la mano encima como le pasó a ella.

Dónde habrá metido las llaves, se pregunta. ¿Por qué le tuvo que dejar el llavero para que se entretuviera?

Es tan descuidada. Seis años cumplirá la criatura el mes que viene.

jueves, 3 de abril de 2025

LA PROMESA


 

No entiende cómo ha podido llegar a esto. Recuerda cómo empezó todo: creyéndose las noticias que difundían los mentideros.

Un día la noticia falsa era de poca monta, otro la noticia contenía bulos de más grosor, y así poco a poco hasta saltarse todas las normas de pudor y respeto. ¡Era tan fácil creérselas!

Confundido, decidió tirar a la basura lo que ahora, arrepentido, trata de recuperar por todos los medios.

Por fin los encuentra, en el fondo del cubo. Ahí están aún intactos, sus principios. Los recoge con cuidado y los abraza emocionado.

Promete no abandonarlos nunca más.

viernes, 28 de marzo de 2025

CONEXIONES FUTURAS (Microrrelato hasta 100 palabras)


 CONCURSO RELATOS ENCADENA

Él finge que no le importa, pero no es cierto. No puede vivir sin estar conectado. La última vez que lo hizo, recuerda estar toqueteando el móvil, junto a un enorme ventanal. Le entró una llamada y los nervios. Se le escapó de las manos y se cayó al vacío y él se fue detrás. Consiguió atraparlo, a un metro del suelo.

Tiene mal aspecto, restos de sangre en la cara y magulladuras por todo el cuerpo. Deambula por la casa como un espíritu, intentando conectarse por todos los medios. Lástima que en ultratumba no existen las telecomunicaciones ni cargadores, de momento.

viernes, 21 de marzo de 2025

MALDITOS ABRAZOS (Microrrelatos hasta 100 palabras)


 CONCURSO RELATOS EN CADENA

Ella finge dormir, pero sigue despierta. Podría ayudarse de pastillas, prefiere no hacerlo. No deja de pensar en él, pero no habrá duelo.

Amanecerá enseguida. Cuando eso ocurra se acercará a los acantilados con la urna y esparcirá las cenizas. Tendrá cuidado para que la brisa no se las devuelva.

Lo tiene decidido. Pasados unos días hará lo mismo con ella.

Dos años planeando este momento, justo desde aquel día en que por una de las casualidades de la vida los encontró abrazados en el parque.

domingo, 16 de marzo de 2025

TIOVIVO CASERO (Microrrelato hasta 100 palabras)


 CONCURSO RELATOS EN CADENA

-Adiós, mamá, adiós.

No recibió contestación.

Su madre estaba ordenando los muñecos de la cama y doblando la ropa. A punto de terminar, una llamada de teléfono la dejó helada, la niña no estaba en la escuela y tampoco había subido al autobús de ruta.

La buscó por toda la casa. Llamó a los teléfonos de emergencias, sin resultado.

Apoyada en la encimera de la cocina, con lágrimas en los ojos, apenas distinguía algo que daba vueltas en la lavadora.

Allí estaba ella, risueña, con espuma en las cejas, suavizante en las mejillas y fabricando pompas de jabón con la boca.

martes, 4 de marzo de 2025

CARNAVAL CARNAVAL


 

Estaba próximo, a la vuelta de la esquina, y su esencia se respiraba en todos los rincones del barrio. A pesar de ser una fiesta pagana en sus orígenes, y prohibida durante años, se había instalado en la sociedad con una facilidad asombrosa.
 
De alguna manera, todo el mundo se preparaba para este acontecimiento. Unos llevaban días confeccionando su propio vestuario. Dibujando patrones, cortando y cosiendo trozos de tela de diversos tamaños y colores hasta obtener disfraces originales. Otros los compraban en tiendas, más elaborados en su diseño y acabado, y más caros, por supuesto; y los menos se conformaban con adquirir diversos artículos, como máscaras, pinturas para embadurnarse la cara u otro tipo de accesorios.
 
Y ahí estaba el bueno de Atilios, sentado en mitad de la plaza, pensativo; él nunca se había disfrazado; no iba con su forma de ser. Era tímido e introvertido, y temía hacer el ridículo en público, además era creyente y desde pequeño le inculcaron que las cosas paganas casaban muy mal con los principios religiosos. Pero si no participaba se quedaría solo. Sus amigos de correrías y de juegos se iban a juntar para participar en la creación de una comparsa con todo lo que ello representa.
 
Lo tenía decidido, se acercaría a uno de esos mercadillos donde los feriantes exhiben su mercancía los días festivos en puestos callejeros situados en las aceras o a pie de la calzada, ofreciendo cachivaches, ropa, objetos para las casas, monedas antiguas, muebles viejos, incluso se podían encontrar pájaros o ardillas. Intentaría comprar algo que pudiera usarse en la fiesta de Carnaval del barrio.
 
Llevaba horas paseando entre los puestos, calle arriba, calle abajo y comenzaba a estar cansado. No había encontrado nada que le convenciera. Ya había decidido abandonar la búsqueda y volver de vacío cuando de pronto observó un pequeño callejón que se abría en uno de los lados de la calle y se fijó en una curiosa fachada, con una pequeña puerta de entrada, de madera, con el marco casi descascarillado, y de ambas jambas colgaban unos correajes sujetando unos objetos esotéricos y unas cuantas máscaras, con colores vivos, preciosas, con largas narices, que simulaban picos de aves, del tipo de las rapaces, otras en cambio, portaban grandes cascabeles en sus extremos, como las que usaban los bufones o saltimbanquis en épocas lejanas.
 
Con la compra hecha, volvió a casa, contento y, a la vez nervioso, pues no tenía claro si tendría valor de ponerse la máscara el día señalado.
 
Y ese día llegó. Había quedado con los amigos donde siempre. Se ajustó la máscara y se vistió con un chándal anodino para pasar desapercibido y no dar pistas, aunque sabía que eso sería muy difícil.
 
Ya en la calle, vio a una vecina que cargaba dos grandes bolsas y un carrito de la compra; sin dar detalles, se ofreció a ayudarla con el peso. Al terminar el favor la vecina le dijo:
 
- Gracias Atilios, por cierto, llevas una máscara muy bonita.
 
Extrañado, siguió su camino, en dirección al lugar de la cita.
 
Al poco, se cruzó con una señora, embarazada, que empujaba un carrito de bebé con el chiquillo dentro. A la señora se le cayó en ese momento el sonajero del bebé y Atilios, sin dudarlo, se agachó a recogerlo, reintegrándoselo a ella de nuevo. Está a su vez, le dijo:
 
-Gracias Atilios. Te queda muy bien la máscara.
 
Atilios volvió a quedarse extrañado. Estaba ocurriendo todo al revés de lo que había pensado. Le estaban reconociendo. 
 
A punto de llegar a su destino se ajustó la máscara y el chándal, se tapó el reloj con la manga y, al acceder al local, coincidió con un joven que tenía las mismas intenciones. Atilios entonces le cedió el paso y el joven, muy educado, le saludó diciendo:
 
-Gracias Atilios, pasa tu primero.
 
Atilios se empezó a poner nervioso; no entendía en qué había fallado su plan. Daba la impresión de que todo el mundo le reconocía cuando esa no era intención cuando decidió disfrazarse.
 
Se alejó de allí y anduvo al menos dos manzanas hasta llegar a la plaza, se sentó en uno de los bancos que había bajo las sombras de un castaño. El otro extremo del banco lo ocupaba un abuelo, andaba ocupado con un papel de fumar liándose un cigarro de picadillo. Atilios, distraído, le dio los buenos días al abuelo. Este, una vez exhaló las primeras bocanadas de humo, le miró detenidamente y le avino a decir:
 
-Buenos días para ti también Atilios, muchacho.
 
A lo que Atilios le respondió:
 
-Abuelo, ¿Cómo me ha reconocido? Si voy totalmente disfrazado.
 
El abuelo le contestó:
 
- Muchacho, en esta vida te encontrarás en el camino con verdades como puños y mentiras de toda índole, pero una cosa es cierta, te pongas lo que te pongas, te disfraces con los mejores disfraces, te  pintes la cara o no te la pintes y la lleves lozana, recuerda que en esta vida siempre te reconocerán por tus actos.
 
Al día siguiente daba comienzo la Cuaresma.