jueves, 23 de enero de 2025

MENTIRAS ARRIESGADAS (Microrrelatos hasta 100 palabras)

 


CONCURSO RELATOS EN CADENA


Desde entonces, no encontramos mano de obra. ¡Ay! aquellos años que abducíamos sin riesgos, desde que aprobaron por decreto el control selectivo de natalidad, el desarrollo de nuevas tecnologías o el advenimiento de la robótica, todo son trabas.

 El triunfo de la Revolución Cuántica lo llamaban. Como consecuencia de esa frivolidad, ahora solo disponen de dispensadores automáticos, sofisticados chips, mensajes metálicos o instrucciones enlatadas.

 Menos mal que un señor con la piel color zanahoria, un ruso y un tercero con los ojos rasgados se están empeñando en enviar turistas al espacio, de vacaciones, para fotografiarnos o eso es lo que creen ellos.



jueves, 16 de enero de 2025

CUMPLEAÑOS FELIZ (Microrrelatos hasta 100 palabras)


 
CONCURSO RELATOS EN CADENA

¿Puedo pedir otro deseo? Buscaba la aprobación de su mamá. Se había acostumbrado a no obtener respuestas.

Cuando cumplió quince y eso fue hace un año, decidió concedérselos él mismo.

En la televisión daban, en ese momento, la noticia de un incendio provocado en un centro de salud mental.

Su mamá le miraba sorprendida, con gesto de desaprobación y algún gruñido, con la boca tapada y atada de pies y manos. Su padre, en cambio, guardaba silencio, con la lengua fuera y los ojos cerrados.

Olía a gas por toda la casa, daba igual, quería encender y soplar las velas otra vez.


sábado, 11 de enero de 2025

LA BUFANDA (TRABAJO SELECCIONADO)


MICRORRELATO HASTA 40 PALABRAS

 CONCURSO LUNA LLENA

TEMA: MUÑECOS DE NIEVE

Se acercó un niño y le susurró al oído: “Me quedaría contigo, pero mis padres no me dejan” y cubriéndole el cuello con su bufanda le volvió a dejar solo. Se le escapó una lágrima.

Hacía frío, mucho frío.

miércoles, 8 de enero de 2025

CORAZÓN DE HOJALATA (Microrrelato hasta 100 palabras)


 CONCURSO RELATOS EN CADENA

Fue imposible de explicar. Tantos años a su lado y no notó nada extraño. Parecía tan normal, era tan encantador, atento y tan ¡guapo!

Ahora que cae en la cuenta, lo que parecía un granito resultó ser la cerradura de una caja de circuitos y cables. Las pestañas tan perfectas y los ojos tan claros resultaron una cámara oculta y un transmisor con antena.

Una vez que le han descubierto y se encuentra ahí, tirado en el suelo, inmóvil, sujeto por las botas de unos polis del espacio, mirándola fijamente, está completamente segura de observar como le cae una lágrima por sus mejillas. 

miércoles, 1 de enero de 2025

SOLUCIONADO EL DILEMA


 

Le resultó difícil de explicar, pero se arriesgó y tomó partido sin dudar.

Se dirigió al corral, cogió un huevo recién puesto, no sin levantar un gran revuelo entre el animalario. Después tomó unas patatas y una cebolla del huerto, aquí no hubo revuelo, como resulta obvio.

Colocó las viandas sobre la mesa con parsimonia y sin orden, también acercó el cuenco de la sal y la grasienta aceitera. Entonces, en un acto solemne y antes de colocar la sartén en el fuego, cogió el huevo aún caliente y lo elevo a las alturas sin perderlo de vista y con una imperativa energía dictó la siguiente sentencia: “Eureka, por fin aclaré el eterno dilema, primero la gallina y después el huevo”.

sábado, 28 de diciembre de 2024

EL RELOJ DE PALACIO (Microrrelato hasta 100 palabras)


 CONCURSO RELATOS EN CADENA

Como desde los noventa, pienso, sigo siendo eficiente, aunque algo más viejo y anticuado. La maquinaria sigue cogiendo polvo si no la engraso.

Hoy todo el mundo trabaja en casa, aunque yo llevo haciéndolo desde que me instalaron en uno de los salones de palacio. Siempre la misma tarea, las mismas rutinas.

Ya casi nadie me presta atención, algún despistado para darme cuerda si me paro o para poner el reloj en hora utilizando la mía como referencia.

Ahora si me disculpan les dejo con lo que estaban haciendo, es la hora del té y tengo que cantar las cinco en punto: “CU-CU”.

miércoles, 25 de diciembre de 2024

CUENTO DE NAVIDAD

 


¿ENCUENTRO FORTUITO O DIVINO?


Era alto, desgarbado, amargado y triste. De tez blanca y pelo negro. Los pómulos los tenía prominentes y la piel seca. Los ojos negros daban cobijo a unas pronunciadas ojeras.

Era una persona de rutinas. Salía de casa a la misma hora, cerrada la puerta de casa guardaba la llave en el bolsillo, en el derecho, era diestro.

Ya en el ascensor, cada día encontraba a la vecina, corriendo por el pasillo, sofocada, con la intención de acceder al mismo antes de que se cerrara la puerta, pero él, con las manos en los bolsillos, no hacía ademán de sujetarlas, así de grosero era el tipo.

En la calle seguía ejerciendo de ordinario. No cedía el paso, tampoco daba los buenos días al entrar en los sitios. Su falta de cortesía era crónica. Si alguien le formulaba alguna pregunta o le compartiera alguna duda les miraba de soslayo, perdonándoles la vida y dando la callada por respuesta.

Una de las cosas que más le molestaba, era pasar cerca de los parques donde hubiese niños, no soportaba el ruido y el bullicio que generaban. Un día, se les escapó la pelota a unos críos y fue a caer a sus pies, tuvo la sangre fría de dejar que saliera a la calzada, siendo esquivada por algunos vehículos mientras otros frenaban en seco. Así se las gastaba el nota.

Y así pasaba los días, sin apenas contenido, pero hoy, algo ocurriría que le cambiaría la vida, la actitud para el resto de sus días.

Salió de casa como de costumbre, su vecina corrió y corrió por el pasillo como cada mañana, sin suerte, como era obvio, ya en la calle fue insolente y maleducado unas cuantas veces.

En un cruce de calles, esperando el turno de cruzar, con las manos metidas en los bolsillos, pensando cosas en negativo para reivindicarse en lo suyo, notó como alguien le agarraba el brazo. Frunció el ceño y abrió los ojos de seguido, con una expresión de asombro y sorpresa de tal magnitud que, si hubiera usado lentillas en ese momento estas se le habrían caído al suelo.

Miró de reojo para ver quién había sido el osado, y no pudo creer lo que veían sus ojos. Una dulce viejecita, de metro y medio de alzada, con gafas de cristal grueso, un moño de color cano por peinado y una sonrisa de oreja a oreja, sin mediar palabra le estaba dando indicaciones con la cabeza para que le ayudase a cruzar la calle. No teniendo más remedio, dio el primer paso, arrastrando la carga que le había tocado en suertes, pero como la viejecita era lenta, se agotó el tiempo de paso y los dichosos semáforos se volvieron rojos de repente, quedándoles todavía medio camino para estar a salvo. Los coches impacientes por seguir contaminando el ambiente, empezaron a hacer rugir sus motores y a sonar las bocinas, así que nuestro amigo tuvo que sacar una de las manos del bolsillo, por primera vez en muchos años y empezar a dar el alto a cuanto vehículo pudiera poner en peligro a su inusual pareja.

Con mucho esfuerzo, consiguieron llegar a la otra orilla. La anciana señora en agradecimiento y sin mediar palabra le endosó un par de besos en las mejillas. Nuestro seco amigo que no estaba acostumbrado a recibir tanto afecto, quedó totalmente desajustado.

No terminó aquí la faena, pues aún la buena señora le pidió otro mandado, que le acompañara a casa. Vivía cerca, a dos manzanas. Como era tan buen mozo quería que le alcanzara una caja que tenía en los altos de un armario, donde guardaba unos objetos muy valiosos para esta época del año, ya que, dada su avanzada edad y su corta estatura, sería un peligro para ella siquiera intentarlo.

Una vez en casa y con el favor hecho y la caja descansando en el suelo, la buena señora le enseñó el contenido, eran unos adornos navideños y como estaba próxima la Navidad y ante la ausencia de su difunto esposo, que era la persona encargada de estos menesteres, se le había ocurrido la feliz idea que le ayudase a decorar la casa. Había notado la buena señora, que nuestro borde amigo, estaba falto de cariño y quizá pudiera hacerle disfrutar esa tarde de unos buenos y familiares ratos.

Y así pasaron la tarde, tomando chocolate caliente y unos deliciosos mantecados mientras cortaban papel de plata para hacer el riachuelo y cartón duro para las estrellas, echándoles purpurina y unas gotitas de pegamento y cartulinas de color verde para la hierba y pintando de azul oscuro unas cuartillas, simulando una hermosa noche sobre la que sujetar las brillantes estrellas.

Se encontró a gusto nuestro amigo. Fue feliz ese día y los siguientes días, que aún consiguió la dulce abuelita que viniera a casa a visitarla.

A partir de esos días, ya nunca más paseo con las manos metidas en los bolsillos. Su vecina, la que corría todas las mañanas por los pasillos, se llamaba María, se lo preguntó un día que coincidieron en el ascensor, al entrar ella sofocada mientras él le sujetaba la puerta.

Ya no hubo más pelotas que se fueran a la calzada cuando pasaba por los parques, aunque, eso sí, tuvo primero que aprender a dar patadas a la bola para impedirlo.

Ya no vestía únicamente de negro y sonreía más a menudo.

El sol y la luz por fin habían entrado en su vida y fue feliz el resto de sus días, gracias a que esas Navidades conoció a la dulce abuelita de metro y medio de alzada, pelo cano y gafas de cristal grueso que le cambio la actitud con la que afrontar la vida.

Él ahora decora su casa con los adornos que contenía la caja y que le dejó la dulce abuelita en herencia poco antes de que abandonara este mundo y él cada vez que pega las estrellas en la cartulina que hace las funciones de noche, se acuerda de ella.